Intenté olvidar el rigor con que aprendiste a prevalecer.
Reducías nuestra distancia.
En la Habana libre, el sol me incendiaba
apagándome como flor muerta.
Alteré mi gesto en el malecón al llorar el mar.
Para no perder la gana de estar viva, como animal cansado,
danzaba cuando los muros trasminaban música.
Hui del goteo del cielo amarillo del hotel y del ventilador exhausto
y salí a buscarte de nuevo,
di forma de cigarro a mi pesadumbre,
maldije los tres dólares que tenía en mi mano porque no podía tenerte
en la Casa de la Música de Miramar
ni sentir los versos de Carilda en el rincón de mi pecho.
Froté la humedad de un palacete
que había ideado sueños en su exterior mientras su pátina con sal
se extendía en el hormigón.
Visité la Fototeca en la calle Mercaderes.
Recordé al maestro Corda y al director de la institución, su acompañante,
aquel con el que, en Oaxaca, conversamos quedando en pie la propuesta
de una próxima visita a la isla.
Pero no fue posible.
Habían cerrado por mantenimiento y,
aunque la verdad se entreabría al beber los recién conocidos
un ron sin hierbabuena, no pudimos reencontrarnos.
El son istmeño y el guaguancó cambiaron el sentido de la ausencia.
Te tengo con Mi Luz.


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