Hace mucho tiempo, se cuenta que una piña foránea buscaba refugio mientras estaba de viaje, en búsqueda de un hogar perfecto para ella. Durante su travesía, tropezó accidentalmente con un par de conejos que hablaban tranquilamente entre ellos. Cuando se levantaron los conejos estaban tan furiosos que llamaron la atención de otros conejos. Su enojo era tanto que no se calmaban aunque les tocaran varios instrumentos. La piña también quería calmarlos así que se puso a contar varios chistes y bromas que, aunque alegraban a todos los demás, no parecía afectarles a los dos conejos enojados. Cuando estaba a punto de darse por vencida, recordó las palabras que su madre siempre le decía cuando encontraba un obstáculo: “Cuando la vida sea complicada y no veas un claro camino por el que seguir, baila mi niña. Baila, mi flor de piña.” Fue entonces que la piña empezó a saltar de un lado a otro al ritmo de la música que tocaban los conejos con sus instrumentos. Todos los conejos se quedaron sorprendidos al ver que los extraños pero gráciles movimientos de la piña calmaban a los dos conejos, que no solo ya no estaban enojados, sino que ahora estaban tan alegres que se unieron al baile de la piña. Con eso logrado, los demás conejos también empezaron a bailar. Todos abrazados como los grandes hermanos que eran, empezaron a festejar que el problema se había solucionado y la piña celebraba que al fin había encontrado su hogar, que, aunque no era perfecto en lo absoluto, la hacía tan feliz que todas sus preocupaciones se alejaban de ella. Y colorín colorado, este cuento se sigue bailando.


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