Cariño, llegó el invierno. Las épocas frías nunca me han caído bien. Recuerdo que cuando nos conocimos en lugar de estar regordete gracias a los cuidados de la familia, bajaba de peso. Era flaco y larguirucho y los amigos se sorprendía de mi delgadez: toda la estampa de un personaje del Greco. Mis manos siempre estaban frías y tú no sabías interpretar que eso se debía a que extrañaban tu cercanía; reclamaban la ausencia de tu tibia cintura. Durante largos ejercicios espirituales trataba de darle la vuelta a tu intenso recuerdo, pues así como ahora que los volcanes se cubren inmensamente de nieve, es cuando más me concentro en mí. Cuántas noches no crucé la ciudad con los bolsillo vacíos, compensado apenas con la ilusión de dejarte segura y cálida en casa. Como lo eras antes, te sigo mirando ahora: eres el árbol qué cubre de vida cada mañana.



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