Pensar que llegamos solos y frágiles al mundo. Como una luz azul en medio de un lago profundo, nacemos sin saber de dónde asirnos; somos un pequeño ovillo salvados apenas por la vía láctea. Así, en un mar de confusiones, somos niños y nuestras madres tratan (solo tratan) de mostrarnos varios caminos, pero uno ya viene de viajes siderales donde voces ancestrales se han anidado. En un segundo podemos escuchar el palpitar del universo, las palabras de un árbol, la fragilidad de haber nacido, el leve cantar de un corazón que nos está llamando. Somos ya fuego en un receptáculo, una saeta que viene desde un pasado griego que perfuma nuestro efímero transitar en esta época. En este difícil andar adolescente, buscando preguntas y encontrando respuestas, se va prefigurando en nuestra imaginación una compañera para que nos ayude a transitar a algún otro lado, es decir, para cruzar el puente y convertimos en hombres. Y así, aunque podríamos seguir construyendo ciudades, elevando naves al espacio o construir las más complejas teorías sobre el universo, preferimos enlazar este ramillete de palabras donde quedan contenidos: el tiempo, los halagos cariñosos, el abrazo oportuno, el ánimo suficiente para continuar con estas canciones, la caricia en la mejilla….
Por mi parte, yo maginaba en mi camino que ahí estarías con tu signo de profeta, con tu caminar grácil, con tu bello gusto por la vida, con tu nombre de flor de marfil. Tu profundo sentido de amar y tu capacidad de comunicarnos con la tierra o con el universo a la hora esperada.
Tan frágiles que somo ya cuando somos adultos. Las madres lloran porque traicionamos sus consejos; pero la mujer que amamos resplandece como una nueva estrella que nos enseña, paso a paso, el grandioso camino de la vida.



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