Te quiero desde que nadie quería meterse en dificultades enamorándose.
Estábamos entre las galeras de los sueños cuidando la crisálida de luz que se abría frente a nuestro camino.
Eras todavía una niña para creer en esos amigos
que nos blasfemaban en la cara que éramos ciudadanos
de un mundo obscuro y soterrado.
Es que alimentábamos quetzales y telares de caballos alados.
Mientras tanto tus profundos besos se iban quedando
circulares en mi laberinto.
Caminábamos juntos sin quererlo porque queríamos un mundo mejor.
Aunque éramos silenciosos y religiosos con nuestros sentimientos.
Creíamos en el sombrero de la magia,
pero nadie tiene un mapa para llegar a su destino.
(Toma mi mano ahora y llévame a tu cauce.)
Y es que éramos unos utopistas cantando canciones
y un buen ejemplo para nadie, nena.
Entre tabaco y largas pláticas construíamos ciudades,
y la vida nos quería por eso.
Cuando unos ojos curiosos nos buscaban,
evitábamos cruzarnos en su camino, nena.
No sabíamos que eramos lo mismo.
La armadura de tu voz era nuestro alimento, alimentabas mi alma áurea.
(Abrígame al llegar a casa.)
Nadie quería verse enredado con eso.
Queríamos ganar muy rápido
pero la vida tejió sus inevitables redes.
Somos así los hombres que alimentamos la historia.
Cuando aún imaginábamos nuestro ignoto destino
te recordaba como la señorita del vestido floreado…
Pero apresaste al ave que vivía en mí.
Ahora sonreímos y la vida es más hermosa.
Siempre fui un hombre que solo quería construir sueños.
Ahora que estamos juntos eres la mujer soñada.
Te incluiste en nuestros planes y el mundo ha cambiado.



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