Por las mañanas, cuando me levanto y voy al desayunador
encuentro ya la alegría de unos huevos fritos.
Cariño, no sé cómo agradecerte;
son tus manos las que me alimentan…
Pero cuando recorren mi rostro para darme un nuevo saludo matinal,
son tus manos también las que me alimentan.
No hay nada de ti, que me dé más vida,
que esas manos acariciándome.
Yo, por mi parte, beso tus manos para agradecerles
no nada más por el último desayuno,
sino que sean mi elixir y a veces mi laberinto.
Son también lenguaje que aun sin voz se coordina en el himno
que viene y se queda sonando en la inmensidad de mi alma.
Y beso tus manos cuando me despido
porque son mi lazarillo para enfrentar el día.
Cuando al fin se agitan una vez más para desearme buen camino,
me quedo con la certeza de que su perfume
inundará plenamente cada rincón de nuestra casa.
Llega la tarde y lo que más nuevamente deseo
es cubrir tus manos con mis besos.
Hay flores violetas llegando al jarrón;
escucho la melodía de tu espalda,
y me acoplo al leve vaivén de tu cuello para besarnos
pero quizá hasta escucho el sonido de violines o trompetas
al repetirte que son tus manos las que me alimentan.
Llega la noche también a la que llego ansioso,
y una vez más me proteges y me abrigas…
Duermo, descanso y sueño,
mientras recorres mi rostro con tus manos.



Responder a MARIO G. Cancelar la respuesta