El casero tenía cierta idea acerca de su viejo reloj; ese que colgaba sobre la pared en la chimenea, creía que llamaba tanto la atención en todo momento al entrar o salir de la sala por el solo hecho de haber pertenecido al abuelo.
Un vaivén paciente y rítmico de su péndulo, una caratula antigua que pareciera sonreír gentilmente; adoraba tanto a esa reliquia familiar.
Más no sabía que la sonrisa era meramente sarcástica, burlona y de advertencia.
Cada ir y venir del péndulo significaba una pala de tierra extraída de aquel agujero destinado a su persona; la paciencia se debía porque el reloj conocía lo perfecto de su tiempo y llegaría el momento en que aquella tumba estuviese lista.
Sería ese el día, se detendría para su dueño, más no para los demás.
Continuaría su paciente labor preparando una próxima tumba y que sería para el siguiente miembro de la familia.


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