Mujer, sal a la calle ‒ Mario Guzmán

Eres un cadáver, pero no eres un cadáver cualquiera. Ya no puedes lamentarlo, pero la ciudad lo lamenta por ti. El más grande de sus hijos ha muerto enfrentado a otro fiero guerrero. Acabada la batalla, anudaron su cuerpo al carro de guerra y  seis caballos blancos lo arrastraron por todos los caminos. Ha sido derrotado el gran Héctor, Dioses ¿quién vendrá a ocupar su bello lugar?. Hemos llorado días enteros.
Se ha exigido que nos entreguen el cuerpo. El temor porque su alma no pudiera llegar al Ades, nos tiene con la mirada baja y el estómago sumido. Por ello mismo, y porque una ciudad bien vale una mujer, alguien ha ofrendado su vida. Un padre ha ido a rogar por enésima vez que por favor entreguen el cuerpo. Una pira está esperando en la rivera.
Mi carbón podrá expandirse por entre  los huertos, los trigales, los bufidos de los caballos y las reses, o el respirar de cualquier ser que sobreviva a Troya, la ciudad inmortal. Tu hermana también ha ido a pelear a los tribunales con esta muerte a cuestas. Ayudada por los demás están de acuerdo en paralizar la ciudad. La muerte de Héctor habrá de ser recordada por siglos y más siglos. La ciudad se ha ido al paro, e incluso las mujeres han decidido ya no yacer  con sus esposos, en tanto no haya pira para Héctor. Salieron a las calles y dijeron que no quieren más cadáveres por todos lados. Y aunque todo ocurrió  hace ya mucho tiempo, todavía se respira el 5ufo eso huesos. Mujer, sal a la calle, no queremos más muertos.


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