La vida en una sonrisa XXX ‒ Mario Guzmán

He tenido un mal inicio de año. Ayer me llegó el correo; no nos habíamos visto en un buen rato. Ya en otras ocasiones pudimos reunirnos en los primeros días enero, en ese tipo de encuentros a los que se les suele llamar una «entrevista». Lo cierto es que no esperaba que llegara respuesta. Aunque la noté molesta, le comenté que me daba gusto saber de ella. Que la recordaba siempre, desde aquel día en que me había robado el examen de matemáticas, o yo se lo había dado a copiar, para que aprobara. También agregué que me disculpaba porque ni tiempo había tenido para saludarnos, y otros formulismos así. Ella estaba ya comiéndose una jugosa hamburguesa.

Antes de todo esto, muchos años atrás,  yo había abandonado la universidad y no volvimos a cruzarnos. Un tiempo me dio por el trago y el periodismo, hasta que al fin nos volvimos a ver. Me dio su número telefónico y me dijo que le llamara, que tal vez podríamos vernos con más calma. Ahora tocó encontramos nuevamente en un Vips. Me preguntó por mi estado civil y sobre cómo era mi familia. Le comenté brevemente que tenía solo un hijo. Al respecto, solo respondió que a ella le iba bien; ahora era doctora… si bien me pareció que el punto le incomodó. Para salvar la situación le dije que estaba muy preocupado por un incidente muy penoso que me acababa de ocurrir en mi trabajo y que, por la confianza que nos debíamos, me gustaría contarle. Me dijo que me escuchaba. Le dije que un día antes había ocurrido algo así como un accidente de tránsito.

—¿Cómo algo así?—, respondió también de manera muy seca.

—Mira, había tenido problemas similares, pero nunca había sido yo el que estuviera involucrado directamente. Eres la primera persona a la que se lo cuento. Como te había dicho, trabajo en la seguridad de un hospital. Ahí hay como unas grúas para subir los vehículos. Entonces, hace unos días habían dejado un carro blanco a medio subir, por lo que, al pasar por ahí, decidí terminar la maniobra. No obstante, no me había percatado que la mitad de la cajuela daba hacia unas escaleras, y era por eso que no lo habían acomodado bien. Solo cuando comencé a subirlo escuché un crujido un tanto extraño, pero seguí con la maniobra hasta que del vehículo salió casi disparada la salpicadera. Paré de inmediato, ahora sí alarmado. Me bajé a revisar y noté el carro evidentemente dañado. Yo lo había dañado, puta, lo había dañado ¿Qué haré, ¿qué haré?, me decía. Estuve pensando en llamarle a mi superior inmediato, pero él le llamaría al mediato y no solucionaría nada, sino todo lo contrario. Este último armaría un verdadero escándalo y de seguro perdería el trabajo. Era evidente que ya era casi un cadáver. ¿Qué hago, qué?, repetía. Pensé en comunicarme con el jefe de operaciones en las oficinas centrales. Al cabo él me había felicitado hacía unos días por mi gran responsabilidad. Pero no; no podía brincarme a todos los jefes. Otra genial idea era comunicar directamente el incidente a la seguridad interna del hospital, ante lo cual quedaría también despedido de inmediato. La última posibilidad, entonces, era esperar pacientemente a que todo se fuera revelando; que llegará el propietario a hacer la reclamación de los daños, los cuales, para mí, siempre constituirían una cantidad respetable. Pactaría, entonces, con él como si hubiera ocurrido algún accidente de tránsito. Salvaría así mi trabajo y asunto arreglado. No obstante, todo el día estuve como loco. No recuerdo nunca haberme puesto así…

Para entonces, ella había terminado con su jugosa hamburguesa. Me miró por última vez, entre neutra  y complaciente, mientras se despedía. Dudo que nos volvamos a encontrar.


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