*Sureña*, romántikos senderos por entre el rock ‒ Joel Gustavo Rodríguez Toral

La poesía de Marco Antonio Rueda, poeta, periodista y consumado melómano demuestra una vez más que el rock es indudablemente una manifestación lírica, un discurso rítmico mediante el que se puede desde susurrar o murmurar y hasta por supuesto cantar en los más diversos tonos, aderezado todo, por supuesto, con los infaltables alaridos.

En Sureña, su más reciente publicación, presenta versos que en principio podrían leerse como réplicas sonoras de un Abbey Road (Camino al cementerio), 1969, de los Beatles; el Dark side of the moon (Lado oscuro de la luna) 1971, de Pink Floyd, o el Joe´s Garage (Garaje de Joe), 1980, de Frank Zappa, consumados trabajos valorados desde siempre tanto por expertos como por todos los fanáticos. Sin embargo, Sureña, es en todo caso un álbum poético, en donde paradójicamente, se expresa lo que no puede ser escuchado en un disco de rock, más allá de la estridencia o la convulsión frenética (si bien armoniosa) ensamblada en ciertas melodías. Para Rueda, en cambio el rock pareciera ser simple expresión donde los alientos y los silencios, suplen a las sinfonías rockeras, pero se vuelven el pulso cómplice del libro. Sus letras conminan a una lectura inevitablemente musitada, casi como dominical letanía, sin dejar de ser poderoso rezo, amoroso rezo; lírica rockera en verso libre. Impulsos que remontan a recordar 1967, cuando dos estudiantes de cine, Ray Manzarek y Jim Morrison, ambos integrantes y fundadores de The Doors, se encontraron en la playa de Venice, California. Ahí Manzarek invitó a Morrison a integrarse, luego de que este le tarareó los versos de Moonlight drive (Paseo a la luz de la luna), y, al respecto, le confesó que tenía en su mente todo un concierto.

Asimismo, Marco Antonio en estos textos nos muestra y demuestra que detrás tiene todo un concierto: un saturnal plagado de hechiceras, y una especial devoción por la ninfa arcadia. Es por ello que Sureña es también una revisión comprendida en el compendio de la cultura del trovador poético. Si bien acá hay más que inspiración, pues el esteta impregna sus palabras, con la debida evocación y las presenta enmarcadas por melodías que igualmente tienden a hacer referencias específicas. Así la que nos remite al grupo Traffic y su carta principal Dear Mr. Fantasy (Querido Sr. Fantasía), vinculada esta a Over The Rainbow (Sobre el arco iris), puerta también al portentoso mundo de Lewis Carroll y su Alicia en el país de las maravillas. El poema además rinde homenaje a la malograda actriz Judy Garland, y a su personaje de Dorothy, en la adaptación fílmica del cuento El maravilloso mago de Oz, de Frank Baum (1900). La película The Wizard of Oz (Victor Fleming, 1939), por cierto, es la más conocida y de ella deriva hacia el imaginario sonoro, el lúdico arco iris, entidad, mágica retomada entre otros por Pink Floyd, Bob Dylan, Soda Stereo, por no hablar de otras aportaciones homéricas debidas a trovadores como Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina.

Por otra parte, los temas amorosos o de desamor, que trabaja Rueda tienen naturalmente como contrapunto dejos de poetas expertos en tales lides, tales como Pablo Neruda, Nicolás Guillen, Jaime Sabines y Mario Benedetti, por no remontarnos hasta Gustavo Adolfo Bécquer. Así ante el replanteamiento de “¿quién es la poesía?”, Marco Antonio, mediante Sureña, nos contesta: “la mujer”, y esta, en el mejor de los casos, revelada como asombro de la existencia. Esa búsqueda de su musa central nos lleva a imaginarlo así también como todo un Oliverio, personaje imaginario de la película El lado oscuro del corazón (de Eliseo Subiela, 1992). Su cotidiana expresión y continuo y creciente afecto a esa musa, sugerida, presentida, y renombrada en cada estribillo, es, a su vez, un tratamiento que nos remite a Petrarca y su Laura de Noves, Dante Alighieri y su Beatriz, Ramón López Velarde y su Fuensanta (Josefa De Los Ríos), o al mismo José Martí y su Niña de Guatemala (María García Granados), porque hay que saber que las musas, en ocasiones, tienen nombre y apellido, si bien Marco Antonio Rueda no termina por comprometerse, aunque nos reta: “nómbrenla como ustedes quieran”. Alabada bajo la sombra inconmensurable de la poesía, y su vida no toda desde el suspiro y halago, queda inscrita y suscrita bajo su simple apelativo Sureña.

Este poemario es, por tanto, una galería sentimental arbitraria impuesta por el bardo, misma que podemos ilustrar principalmente ya mediante sus poemas titulados “Nocturnos” o bien en los designados como “Cotidianos”. Pero, además, campean por aquí y por allá la mitología clásica con personajes como El Minotauro, alegoría del deseo, tanto el carnal como el que es reflejo de lectura; u otras entelequias como la de la Gioconda; o bien referencias más recientes a la cultura pop como Tatoo o Lips, textos que evidentemente conjugan erotismo y surrealismo. Escritos, los más, asimismo llenos de una poética catártica, del poeta situado en el mundo, mismo que, aun siendo anónimo, referencia el todo del instante. Con ello nos brinda además su manifiesto, su carta de creencia en el poema:

 La Poesía es una guerra,

es el sol cotidiano del trabajo,

son pedazos de piel

remendados por un ínfimo salario.

Acá la fuga hacia el blues y la caricia son en esencia recurrentes y generosas demostraciones del filo afectivo del texto configurado como poesía. En otra parte, el vate da testimonio de pericia poética, al resguardarse en el titubeo y hasta en la falsa humildad. Así, de Nocturno silente, cito:

Muchos lo saben: no soy poeta,

sin embargo, desenfundo el bolígrafo                   

 y comienzo a trazar versos.

Reveladora confesión, que no es sino amable treta para que alguien ose desenmascararlo, y declararlo un colega más entre los inevitables bohemios que se congreguen ante la lectura de esta su Sureña.


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