A Salvador Dalí
Bajo un tambor de hojalata un zigoto hormiguea la tormenta,
caricia de Vía Láctea en nido de tren se pierde el día.
La luna vocablo, saliva y aroma del Dios del trueno,
vestido en su maligno genésico afán.
La estela del morueco con la dríada oveja,
rostro en fragua da al romance de un crimen,
la miel menos dulce que la linfa…
El inusitado profanador con la mano,
la tenacidad efímera en la evocación de Cronos,
el tiempo anidó en las piezas perdidas de un rompecabezas al canto del gallo.
Gambusino juntaversos junta alusiones, rasca olvidos perezosos
en el engrane mohoso de un alfabeto que busca sus doradas letras;
en un firmamento con sus concebidos filamentos de la precaria hora.
Tejiendo entretelas celestes hace matorrales en campos erizos.
Galopantes memorias como jamelgos llegan al páramo,
Galatea indaga con piel de escafandra las horcajadas al trote de Orión
en el cosmos.
Encendiendo la saga del peregrino, el infierno se resguarda en un rezo.
El olvido inanimado respira inevitable el velo de la monja.
Al caprichoso enfaldo leproso, a donde llaman las soledades viperinas,
las campanas de los conventos anuncian los nuevos catecismos.
Anuncian el pus y la piel caída, anuncian el vientre de Júpiter,
la comprometida viudez de la merina en tregua del maroto.
Comparsa del tiempo se quiebra en trombas y cataclismos.
El torbellino de lágrimas no es el visor de lánguidas menciones.
En sus cúmulos lastiman aguerridos pasos, pero fortalecen el camino
de la aureola preñada. ¿Quién mira un salón con piano parlante?
El sofocante canto de la chicharra, en los minutos en que las congojas
bailan al intuir todas las voces de Saturno.
El té de la tarde en la espera de que llegue el huevo de Colón;
la ventana de la muchacha.
Gala mira al nonato en el universo de su vientre, seco como el olmo.
El borrico muerto mosqueado a rabiar, el perro andaluz con la faz oculta…
El filo de una navaja cortando astros como ojos o cebollas a las faldas de Selene.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.