¿Dónde estarán los niños aquellos
que jugaban a los soldaditos?
Esos que eran buenos para la riña,
pendencieros únicos,
siempre expulsados de las clases…
Su mejor escuela siempre fue la calle:
en pillaje sacaban diez, y cero en las materias.
De la educación primaria,
retoños imposibles; su única formación:
groseros clamores altisonantes
en la caricia del pedrusco.
Sombra del hogar en la omisión
de la didáctica y los valores;
educación entre resaca y explosivo armamento.
¿Cuando se volvieron sicarios,
hinchando en la piel el extraño orgullo;
al estruendo de las balas, libando chelas
mejor que en el regazo maternal?
Entre la pólvora se fueron desapareciendo
si bien ganando presencia en el bandolerismo regional.
Ahora solo una Llorona en la negrura
los busca entre el canino cementerio.
Fieras de sus entrañas, hijos de estirpe imposible
rostros en las huellas de la oscuridad;
números y solo números sumados
a las estadísticas de los desaparecidos.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.