No sé en qué momento me salí del féretro. Camino por veredas entre sepulcros. Entiendo que estoy en el cementerio. Aquí todo está oscuro. Curioso es que ande por aquí deambulando sin sentir ningún temor. Raro en mí, ya que me volví desde hace tiempo un verdadero miedoso. Veo los recintos con sus lápidas, con sus frases indicando quien ahí reposa: “Aquí yace esposa ejemplar. Con cariño de su amado esposo y sus hijos”. ¿Cómo llegue aquí? No recuerdo. De hecho mis memorias son muy vagas. Tengo presente que cerré los ojos y, cuando los abrí, vi cómo me encerraban en aquella caja. Cualquier otro hubiera gritado; hubiera dicho: “Hey, se equivocan, estoy vivo”, pero la verdad a mí, y en ese justo instante, ya me daba igual. Nadie me buscaba; nadie preguntaba por mí. De hecho, creo que aún en este momento no hay nadie que sepa de mi deceso. Otra cosa que me llama la atención, incluso cuando todo alrededor está muy oscuro, es que puedo ver entre las sombras que pasan a mi lado, parecieran muertos o supongo que ya lo están, pero no entiendo porque hay tanto movimiento. ¿A qué se debe que algunos pasen y sollocen, o ladren, maúllen? Ambientan el entorno de una manera realmente significativa, realmente para poner los pelos de punta, si bien una circunstancia curiosa es que a mí ya nada me eriza la piel. ¿Será porque en efecto estoy ya muerto y solo diviso este carnaval de lamentos?, ¿será acaso que ellos realmente no quieren estar tan muertos como yo? O será que yo estoy suficientemente muerto como para estar con lamentos tan gélidos y petrificantes. Lo cierto es que, a pesar de estar tan cerca, nadie me nota. Nadie me ve, porque supongo que yo mismo ya no lo hago. Estoy muerto y lo que ahora ocurre es una especie de visión, es acaso un reflejo de algo que pudo ocurrir cuando estuve vivo. Descubrí en alguno de los cuadros de Helena, que ella sería feliz en los sepulcros, escuchando espíritus o ánimas, de esas de las que debo ser, aunque no me siento con pesares para esbozar ningún clamor. Entre esta oscuridad no alcanzo siquiera a distinguir el firmamento, ni las entradas o salidas del camposanto. En realidad no sé dónde estoy, sólo veo senderos entre los túmulos, y los murmullos de los fallecidos. ¿O será que me guío con el ruido de desahogo de las plañideras? ¿O será por eso que no tengo miedo? ¿Será que no tengo allá en el mundo ninguna plañidera que me llore? Ahora entiendo mi falta de quebranto. Me he vuelto nada a sabiendas de mi fallecimiento, toda vez que nadie me recuerda o me extraña. Yo solo estoy un muerto más en este maldito limbo. Lo último que alcanzo a sentir es una sacudida casi imperceptible, infundida en mis antes amables manos, hoy garras harapientas que hielan el sentido viviente de la sangre; esa linfa que cual río de ADN se lleva también la memoria. Has además un jugo de larvas hambrientas en mi lecho; expropian el último jugo vital de un ser ya tieso. El abismo del instinto deja caer la última noción de un alma putrefacta hundida en la oscuridad de su propio sarcófago. Mira sin abrir los párpados, oye por fin ruidos en el vientre mismo del más allá, a donde se devuelve a mi cuerpo y me dice sin mayores miramientos: “Ahora si, ¡ya te llevó la chingada!”


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.