La voz del perro − Joel Gustavo Rodríguez Toral


A Saúl Ibargoyen


¿A qué rabia se deben los ladridos
vocablos del perro?
Serán las letras de la perrera con las que se escribe
en la fosfatina de la urbe.
Pulgoso paso sin rumbo siempre gruñendo
por una mínima tajada, para saciar la rumiante hambre
del can famélico y vagabundo,
en el grafema solicitado del anuncio tirado.
¡Dios te ama, te lo demuestra en su profundo olvido!

Un harapiento bardo mira la ciudad
desde las heces de un perro.
En la cera de la calle del vahído asco,
la fumarola se escapa del escuálido poeta
quien mira al canito, monje sin templo ni religión
solo misericordia.
El perro se le acerca amigable, moviendo la cola,
mientras lo mira sabiendo que este trovador,
tan soberbiamente flaco, nunca será su dueño.
Y en su ladrido le cuestiona al aedo propietario
de sus huesos conformados al ánimo
de su segura muerte.
¿A cuántas pulgas le das calor?
La curiosidad es tan pequeña que recibe la bocanada
en su exégesis per se, por réplica.
El humo apesta a este cielo citadino.
No es el aroma que aflora la mujer
cuando se vuelve en una obsesión carnal,
y le huye para perderse entre
la bulla del ambulante comercio,
lleno de ilusiones y sueños rotos.
Ladra a tanto ladrido después de las sobras,
ladra a tanto ladrido después de las pulgas
y la sarna que le tunde.
En la voz del perro las pulgas son creyentes.
Una que otra pulga termina el verso canino,
como la certidumbre de un evangelio pasaje,
en el mundo encallado de su destino,
que emerge en el credo del feroz ladrido.



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