Veo al espejo: un fariseo
y su soberbia cimentada en bloques.
Veo al espejo: una multitud suplicante
nervios desatados, blindaje de corazones.
El árbol fumaba cigarros de niebla:
olvidaba a la ciudad pavorosa
donde la traición devoró al dolor,
al ánimo del aire, la esencia de la ofrenda.
Cada noche murieron los poetas
para renacer en el mar de los sueños.
Pero en mi paisaje sólo subsisten
apócrifas banderas,
irritables sonidos,
palabras pertenecientes
a lenguajes desconocidos;
secretas minas en el agua eterna.
Cómplice del carnaval
regresé a la miseria
de un subterráneo mental,
a mis cuatro paredes.
Y nada más.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.