Los zapatos son un símbolo del desarrollo de la cultura. Los zapatos de Ötzi, encontrados en los Alpes, datan de hace 5 mil 300 años y estan conformados por varias capas: al interior, una red de cuerdas, construida a partir de fibras tomadas de un árbol de lima, conviven con hierba seca para generar un efecto de aislamiento. La parte exterior se confeccionó con piel de ciervo, la cual fue cosida a la suela, al igual que la ya mencionada red. Estas prendas nos hablan, pues, de la tecnología que resultaba factible aplicar en aquel momento. Pruebas de ADN llevaron a encontrar familiares o descendientes de aquel hombre de la Era del Hielo en otros sitios de Francia y Suiza
Los zapatos encontrados en el rancho Izaguirre (por cierto, un apellido de origen vasco, que hace alusión a la transparencia del viento entre las montañas) dan indicios, entre otras cosas, de las múltiples personalidades que fueron a terminar en ese lugar. Los zapatos corresponden claro a múltiples manufacturas y procedencias: chinos, filipinos, norteamericanos, mexicanos, etc. Son, sin embargo, voces sin nombre, por más que han sido de alguna utilidad a los padres buscadores. Develan una cierta identidad, si bien esta sigue siendo anónima.
A mí no me gustan los zapatos sintéticos, sino los de vestir, confeccionados con suela de cuero y, claro, cada día es más complicado encontrar zapatos manufacturados con piel.
Por otra parte, los jóvenes asesinados hace unos años en Lagos de Moreno, Jalisco, aparecen descalzos en las fotografías. La lógica indica que una de las formas de la tortura consiste en despersonalizar al individuo por medio de la desnudez, la cual comienza por imponer la falta de calzado.
Los asesinos nunca imaginaron que incluso los zapatos abandonados seguirían conectados de alguna manera con los nombres de sus propietarios. Los romanos ya lo decían su máxima: «Las cosas claman por su dueño».



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