A la pelota le salen alas.
Casi imposible que permanezca quieta.
Ama que la jueguen lo más posible.
Ni aún así te garantiza un enceste.
Tantos intentos que parecían perfectos,
que parecían merecidos merecimientos.
Aún así el angelito del juego
no te obsequia el enceste.
Cada milimetro de esta diafanidad
transforma la cancha
en un espacio del juego
de la responsable libertad.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.