La máscara de esparto que encendió el cigarro – Mario Guzmán

¿Hasta dónde serías capaz de llegar hoy?

Nadie lo sabe, ni tu padre ni tu madre. Tienes que dejar tu provincia. Nadie sabe que eres solo un cantante. En el largo camino de la madrugada, un hombre montado a caballo se te ha abalanzado en medio del puente, si bien finalmente solo te ha pedido fuego para encender su cigarrillo. Llevas puesta esa máscara de esparto para que nadie te reconozca o te haga burla por la vergüenza que significa huir miserablemente de tu vida. Pero eres la mano de la máscara que encendió el cigarrillo y, sin saberlo, la luz de la tea para atajar el mal. La prueba definitiva solo la tienen los animales rastreros que te mordían los tobillos.

¿Hasta dónde hubieras sido capaz de llegar por no entregar esta medina? Sin saberlo, estabas evitando que la tierra infernal se apoderara esta otra humilde luz.  Un corazón palpitante desgarraba tu alma, pero con la simpleza de tu gesto ladeaste la balanza de la vida y la muerte, y fuiste un rayo azul cruzando caprichoso el poncho oscuro de la noche.

¿Hasta dónde serías capaz de llegar ahora? La hojarasca de la máscara se enciende. Ese fuego te quema las entrañas. Cualquiera hubiera apostado a que te llevaría el diablo, pero abrazado de tu mujer y amparado solo por aquella tea desgarraste el profundo ajuar del jinete que venía por sus almas. Comprobaste entonces que no hay un guion escrito para la vida

Encender un cerillo en la hora profunda e insalvable, y luego dar un abrazo, quedarte después en el regazo de la mujer que amas profundamente. Evitar que aquellas colinas y sus prados fuesen sometidos a la muerte.

Ahora, el fuego de la cerilla es inmortal. Se ha detenido el mundo. Transitas envuelto en el velo del señor. La medina no ha sido entregada. Los serafines cantan un alivio para el mundo: un alma ha salido del purgatorio: amén, amén, amén.

− Sálvalos, Señor.

Vuelves al puente, al jinete… Otra vez la luz al final de la historia, pero tú te abrazas a tu mujer… Ahora hay cenizas inmortales. No se pueden mover con un dedo ni con la fuerza descomunal de un titán.

Con un azadón ardiente, sobre las añejas piedras del puente, únicamente una sentencia ha quedado grabada: “¿Dónde vas, mísero cantante?, ¿dónde vas pequeño bardo?, ¿dónde vas, pobre de ti?”


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