Estamos abocados a un futuro que no podemos siquiera imaginar. Si, como dicen los que saben de transhumanismo, en tres generaciones la conciencia humana se podrá volcar en una computadora o en un objeto creado por el mismo ser humano, entonces las gafas de realidad virtual que hoy conocemos son sólo un entrenamiento para lo que llegará. Pero, ¿qué implicaciones tiene todo esto para lo que consideramos esencialmente humano?
El transhumanismo, movimiento filosófico y científico, aboga por el uso de tecnologías avanzadas para mejorar las capacidades humanas, e incluso eliminar las limitaciones naturales del cuerpo y la mente. Figuras como Ray Kurzweil, autor de La singularidad está cerca, predicen un futuro en el que la inteligencia artificial y la biotecnología llevarán a la humanidad más allá de sus límites biológicos. Kurzweil señala que la fusión de nuestras mentes con las máquinas no sólo será posible, sino inevitable: una convergencia entre el ser humano y la tecnología que se basa en la aceleración exponencial de los avances tecnológicos.
La idea de la singularidad tecnológica —ese punto en el cual la inteligencia de las máquinas superará a la humana— marca el fin de la humanidad tal como la conocemos. La predicción de Kurzweil, que sitúa este fenómeno entre los años 2030 y 2045, deja en el aire cuestiones fundamentales: ¿Qué significa ser humano cuando la línea que nos separa de las máquinas se desvanece? ¿Acaso las emociones, la creatividad o el sentido de propósito pueden ser replicados en un procesador? Si la conciencia puede ser descargada en un soporte digital, ¿qué ocurre con el alma? No hay respuestas claras, sólo una inminente bifurcación en la que deberemos elegir qué define la esencia de la vida.
Un ejemplo revelador de cómo esta transformación ya ha comenzado es el gusano Caenorhabditis elegans. Un colectivo de científicos del proyecto OpenWorm ha replicado su cerebro, con todas sus conexiones neuronales, en un software que fue implantado en un robot Lego NXT. De manera impresionante, el robot comenzó a comportarse igual que el gusano biológico: giraba, reaccionaba ante los estímulos, tal como el gusano lo haría. Este experimento, por sencillo que parezca, plantea preguntas profundas sobre el concepto de la conciencia. ¿Es posible replicar la experiencia subjetiva de un organismo sólo a partir de su conectividad neuronal? El experimento del gusano deja una sensación desconcertante: si un ser tan simple como el C. elegans puede replicarse así, ¿qué evitaría hacer lo mismo con un cerebro humano?
Al mismo tiempo, el transhumanismo busca la inmortalidad a través de la biotecnología y la ingeniería genética. La enzima telomerasa, por ejemplo, es una de las piezas clave de la investigación sobre el envejecimiento. Los telómeros, extremos de los cromosomas, se acortan cada vez que una célula se divide, y la telomerasa tiene el potencial de prolongar su longitud y extender la vida celular. Esto podría hacer que la vejez, tal como la conocemos, se transforme en una enfermedad curable. En la naturaleza, ya existe un ejemplo de inmortalidad biológica: la medusa Turritopsis dohrnii, conocida como «la medusa inmortal», es capaz de revertir su ciclo vital y regenerarse, esquivando el proceso natural de envejecimiento. Si la naturaleza ya ha encontrado formas de evitar la muerte, ¿es posible que la ciencia nos brinde ese mismo poder?
Pero, aunque la ciencia avance a pasos agigantados, las implicaciones éticas y sociales son colosales. En un mundo donde la conciencia puede transferirse a una máquina, ¿quiénes tendrán acceso a estos avances? Resulta difícil imaginar un futuro en el que todos tengan la misma oportunidad de volverse inmortales o de mejorar sus capacidades cognitivas. Los recursos tecnológicos estarán inicialmente en manos de aquellos con los medios para obtenerlos, lo que podría crear una distinción aún más radical entre las clases sociales. Los posthumanos (humanos mejorados, o aumentados) convivirán con los «humanish» (aquellos que no hayan podido o no hayan querido adquirir estas tecnologías), generando una sociedad tan desigual que los conflictos de hoy parecerían triviales en comparación.
Es Yuval Noah Harari, quien en su obra Homo Deus habla sobre la posible aparición de esa nueva clase de seres humanos que, con acceso a tecnologías de mejora genética y neuro implantes, podrían distanciarse de aquellos sin esos recursos. Si esto sucede, tendríamos una humanidad dividida en dos especies diferentes, con los posthumanos controlando la economía, la política y el poder, mientras que los «humanish» se verían relegados a trabajos menores y a la existencia biológica que podría ser vista como un signo de fracaso o decadencia.
El deseo por alcanzar la inmortalidad también resuena en la obra de filósofos y autores de ficción. En 2001: Odisea del espacio, Arthur C. Clarke explora el concepto de trascendencia, no como un acto de ingeniería, sino como una evolución que trasciende la carne y el hueso. Philip K. Dick, por su parte, en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, nos lleva a cuestionar qué significa ser un ser consciente, y si los recuerdos y emociones pueden ser meramente un conjunto de circuitos programados, desenmascarando de paso la inquietud que subyace bajo estas transformaciones.
Curiosamente, los avances en realidad virtual también juegan un papel crucial en este camino hacia la deshumanización. Las experiencias inmersivas de hoy, como las creadas por Meta o desarrollos en realidad aumentada, son sólo el preludio de una desconexión radical del cuerpo físico. En el futuro, el cuerpo biológico podría ser tan sólo una interfaz secundaria, un estorbo para aquellos que hayan logrado trascender sus límites gracias a implantes neuronales o realidades simuladas. Las palabras del filósofo Nick Bostrom resuenan aquí: «Estamos en la antesala de una simulación masiva, donde la vida biológica será considerada una fase temprana y primitiva de la existencia.» En su ensayo «Are We Living in a Computer Simulation?», Bostrom sugiere que podríamos ya estar viviendo en una simulación creada por una civilización mucho más avanzada que la nuestra. Si esto fuera cierto, entonces la pregunta no sería si vamos a entrar en una realidad virtual, sino si somos capaces de reconocer la naturaleza de nuestra propia realidad.
Y así, llegamos al dilema que se cierne sobre el horizonte de nuestra evolución: ¿Qué valor tendrá la experiencia física, sensorial, en un mundo donde todo es replicable, donde lo virtual es indistinguible de lo real? Los seres humanos hemos buscado el sentido de la vida a través del arte, el amor, la belleza y la conexión con otros. ¿Seguirán teniendo valor estas experiencias en una existencia que ya no depende de nuestro cuerpo, de nuestra vulnerabilidad, de nuestro inevitable final? Cuando todo es eterno, ¿el concepto mismo de significado se diluye?
Me resulta difícil imaginar un futuro en el que la palabra «humano» siga teniendo el mismo significado que tiene hoy. Nos dirigimos hacia una realidad donde la conciencia puede digitalizarse, la genética puede modificarse y el cuerpo físico se vuelve prescindible. Tal vez la idea de la inmortalidad resulte atractiva para muchos, pero no puedo evitar sentir que estamos despojándonos de aquello que nos hace humanos: la finitud, la conexión con lo tangible, la autenticidad de nuestras emociones efímeras. Como decía Aldous Huxley en Las puertas de la percepción: «Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo se nos aparecería tal y como es, infinito.» Quizás, en nuestra búsqueda por la inmortalidad, estemos cerrando esas puertas, sustituyendo la complejidad de lo infinito por la artificialidad de lo eterno.
¿Y si ya estamos, de hecho, dentro de una realidad virtual? Tal vez ya no podamos responder con certeza. Lo que sí parece claro es que la humanidad, tal como la conocemos, está en una encrucijada sin retorno. Frente a un futuro lleno de promesas tecnológicas y preguntas existenciales, lo único seguro es que nuestra especie se enfrenta a una metamorfosis sin precedentes. La cuestión es si, en ese proceso, podremos aún llamarnos humanos, o si nos convertiremos en algo tan distinto que ni siquiera nosotros mismos seremos capaces de reconocernos.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.