Sabes que todo va bien
cuando recibes el abrazo
de un niño.
Sin pedirlo, llega
un instante que vale
mucho, mucho más
que una fortuna.
Entras en razón
del peso que llevas
al hombro
desde que llegan
a este mundo.
Pides que crezcan
y al ver qué sucede
te resignas
porque ese abracito
se va.
También te vas tú
hecho polvo.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.