Acepto que me duele un poquito, solo un poquito, el que ya no estés, cuando todo apenas comenzaba; cuando tu sonrisa se comenzaba a adueñar de mis espacios,
cuando tú mirada yacía como rayo de esperanza para este corazón que ya desfallecía al verte cada día.
Lamento que haya sido corto el tiempo, lamento no haber delatado al corazón, dejar para después todo, como si nuestro tiempo fuera eterno,
como si fuera para siempre, como si el suceso de tu aparición en mis días estuviera asegurado para toda mi existencia.
Llego a casa como tantas otras veces, con el corazón hecho añicos entre las manos. Lo he desprendido del pecho. Las mariposas en el estómago, trémulas han quedado al verte desvanecido, al saber que desde hace tantos días te soñaba, y de repente ya no estás, que ha terminado todo aquello, aquella loca fantasía que comencé a escribir, sin título, sin trama, sólo con el corazón acelerado en el pecho.
Dicen que se debe de agradecer por todo. Yo agradezco haberme topado contigo,
haber coincidido un rato, porque fuiste la forma más fugaz y bonita, en cómo la vida me ha gritado a la cara que aún no estoy lista para amar de nuevo.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.