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Surrealismo (100 años): Salvador Dalí, el “criminal” — Joel Gustavo Rodríguez Toral

A finales de los años noventa, en un artículo de algún suplemento de cultura, de esos casi extraviados por el inevitable paso del tiempo, leí acerca de un posible crimen cometido por Salvador Dalí. Tal suceso habría dado pie a su famosa pintura La miel es más dulce que la sangre, primera obra surrealista del pintor catalán, fechada en 1927, poco después de su arribo a París. En la obra se observa un cuerpo de mujer, al parecer sin vida, tirado a la orilla de una playa (Cadaqués). En la arena, junto a ella, hay un pequeño burro también muerto. La cabeza de la mujer se encuentra un tanto sumergida en el mar. La escena habría sido “observada” desde el estudio del pintor, cercano a los cafés bohemios, y bajo la premisa de que el criminal siempre regresa al lugar de los hechos. La especulación retoma además la principal motivación conductual del movimiento surrealista: el triunfo del inconsciente. Así se considera que el mismo Dalí realizó la pintura para confesar su crimen sobre la anónima mujer, probablemente una prostituta, asimismo parroquiana de los cafés. Sin embargo, para 1998, fecha por la que leí el artículo, el cuadro ya se había vuelto célebre y cumplía con garantizar que Dalí era ya uno de los grandes exponentes de la pintura y arte del siglo XX. Cabe señalar que Dalí siempre aportó a su pintura una gran dosis de drama surgido del inconsciente, y que otro cuadro de gran valía en donde esto se denota es el intitulado El Gran Masturbador, este ejemplo de una belleza erótica varonil única.

Pero volviendo a la verdadera historia que dio origen a La miel es más dulce que la sangre, remite a un incidente protagonizado por una mujer pintoresca del propio pueblo de Dalí, la cual fue incluso recuperada en una novela de Eugenio D´Ors. En tanto que la frase que bautiza al cuadro es atribuida Lidia Nogués, mejor conocida como Lidia De Cadaqués, madura diva local, célebre por tener relaciones con hombres jóvenes, con anuencia explícita o implícita de su propio esposo. Salvador Dalí tuvo con ella amistad cercana y de algún modo le celebraba su autoproclamación como una bruja. Por tanto, no hay mayor misterio, sino que el pintor quiso dar a conocer al mundo un mito perpetrado en su pueblo, y hacer directo homenaje a aquella su mentora de vida.

Pero ya si se trata de imputar un crimen Salvador Dalí, terrible es en verdad lo que le hizo a Gala, su compañera y musa a quien ciertamente inmortalizó. Elena Ivanovna Diákonova, había nacido en Kazán, el 7 de septiembre de 1894, y Dalí la conoció en 1929, cuando aún era esposa del poeta Paul Eluard. Del encuentro surge un polémico romance, mismo que termina con la unión de Gala con el de Cadaqués, a quien llevaba diez años. Más tarde, un mioma uterino obligó a que Gala sufriera una histerectomía (retiro del útero), y con ello se canceló la posibilidad de que pudiera ser madre. Tal nueva circunstancia llevó a la pareja una relación rayana en el libertinaje, y un desfile de amantes, engaños y daños, por ambas partes. Dalí, por otra parte, ha sido señalado como un abierto traidor de su amigo Luis Buñuel, a quien acuso de comunista a su llegada a Estados Unidos en 1940, cuando el director aragonés estaba a punto de ser nombrado productor asociado por el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York. Y otra de sus traiciones la cometió contra el propio movimiento surrealista, al elaborar el cuadro El enigma de Hitler. El lienzo en donde en platillo miserable pone como una minucia el rostro de Hitler fue leído como una afiliación ideológica, misma que, durante un performático juicio, Dalí confirmó de manera desfachatada y ofensiva ante el propio André Bretón, lo cual ameritó su inmediata expulsión. Y si bien estas traiciones no son exactamente crímenes, si son los pecados más destacados del siempre genial Salvador Dalí.


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