Cruzamos unos árboles de pirul, debieran de tener unos 300 años por lo menos, tomé unas tramitas para curar tu alma. Las froté sobre tu vestimenta y tú incrédula te sonreíste.
–Mañana, cuando despiertes, te sentirás mejor–sentencié.
–Pero, yo me siento mejor.– me respondiste.
Después, nos sentamos en la fuente, rememorando que en unos siglos atrás ahí se encontraba un lago, seguramente de agua dulce porque ahí hay una avenida que se llama: avenida de los patos». Nos sentamos en una suerte de troncos que simulaban unas bancas y me preguntaste quien era.
–¿Cómo?–Respondí. No había alcanzado a escuchar.
–¿Quién eres?
–¿Quién soy? – – me respondí con el pensamiento.
Una pregunta que resuena a los orígenes del lenguaje y del hombre. Soy un hombre. Vengo de una lejana provincia que significa la región de los pinos. Desde allá he atravezado con canciones para mantener la alegría, la fé y la esperanza. Nezahualcóyotl dejó un puñado de canciones. Rodríguez Galvan dejó otro puñado de poemas, López Velarde… Así, venimos inmemoriosos cruzando el tiempo. Somos hombres.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.