Era admirable cómo después de la tormenta la gente regresaba a su cotidianidad; como si hubiera un embotellamiento y de pronto las vías se liberaran.
Después de la infección, los estadios de futbol volvían a estar repletos; lo mismo que los toros o los circos, como si nada hubiera pasado.
Aún recordábamos que el asunto había comenzado por las geografías más remotas de este planeta. Una infección, casi nada, una simple gripe ante la que el único remedio era la prevención, mantenerse alejado uno del otro. Pero ahora éramos, otra vez, un conjunto de niños haciendo planes para el futuro.
Ante todo ello, yo me la pasaba pensativo, recorriendo los puentes y las calles, disfrutando los instantes del atardecer, como una única experiencia. Algo había pasado en mí, como si los millones de cadáveres me hubieran liberado de mis complejos, de mi racismo, de creerme superior a todos. Ahora viajaba ligero, sin equipaje. Buscaba únicamente robarle un rayo de luz al amanecer; un aire fresco al día, un tenue momento a la oscuridad.
No cabe duda que somos grandiosos cuando tantas tragedias, tantos muertos se van acomodando en nuestra alma y van cayendo en un profundo silencio puro…



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.