Una nube oblicua se filtra a través del amanecer dorado. Miles de puntos brillan en mágica intensidad esparciendo su oro celeste hacia todas partes. Las sombras se desvanecen: está amaneciendo en la ciudad.
Pestañea cada ventana, cegándote por un instante. Siempre me ha gustado ver amanecer, sobre todo cuando la inmaculada acuarela del horizonte es de un azul turquesa cristalino y las antenas de los edificios semejan las de coleópteros gigantescos, ya listos para tumbarse al sol. Diríase que el lienzo del devenir se está coloreando solo. Recuerdo una nota, una indicación. Corriendo la cojo y leo: «Estás invitado a soñar». Es el día. Su primer suspiro y suenan también unos acordes infinitos y lejanos…
Pronto, el ruido se apoderará de la gran ciudad, y este amanecer, cuya descripción no figura en diccionario alguno, desaparecerá igualmente de entre mis codiciosos dedos. Si pudiera dilatar el tiempo y captar su esencia, guardándola en un frasquito junto a mis otros frascos de hadas y espíritus burlones, le colocaría una pegatina que dijese: «Amanecer precioso». Y, aun así, no le estaría haciendo justicia.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.