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La niña de la Luna Roja – Mario Guzmán

En el atardecer he estado expectante del suceso. Tal vez falten unas horas para que llegue la luna roja. La familia está reunida. La niña juega a que es un gato.

—Miau, miau.

Me pide que no la dejé sola. Los perros de la calle han comenzado a soltar aullidos. Presiente que algo sucederá.

El adivinador de la aldea nos había dicho que nos previniéramos de la Luna Roja, la cual acontece cuando los seres alados vienen por los niños para convertirlos en maceguales. «Ellos resguardarán la memoria de este pueblo porque hay presagios de unas casas grandes flotando en el mar que se acercan…»

La niña le pide al padre que la cargue y que la trate como un gatito…

No nos gusta la idea de que se convierta en un protector de nuestro pueblo. Deseamos verla cosechando maizales, cuidando los patos y las tótolas silvestres de nuestros lagos. Los atabales de los guerreros han comenzado a retumbar. Los presagios se desencadenan. Se escucha el lloriquear de las viejas, las mujeres y los niños.

Ha comenzado a oscurecer y la tibieza de la tarde todavía se conserva. El conejo de la luna se ve rebosante e inmenso. Mi mirada de guerrero tigre toca con la mirada los abismos y los cráteres de la luna. Mientras, las sombras continúan sobre su cara luminosa y la van dejado como si fuera una moneda lisa. La niña está cada vez más inquieta, tanto como nosotros. Decidimos subir al teocali. El frío hiere nuestras mejillas, pero «el gatito» no quiere cobijarse con las cobijas de algodón. La pequeña quiere saber por qué el conejo fue lanzado a la luna.  Un menisco ha comenzado a aparecer en el borde de ella. Seguimos expectantes ante el suceso. Tenía tanto tiempo sin poder admirar ese fenómeno… La pequeña sigue ronroneando. Recuerdo que cuando vivíamos en una montaña con unos amigos poetas, el techo de la casa tenía un agujero y, cuando nos acostábamos ya para dormir, admirábamos la luna.

La pequeña me pregunta:

—¿Papá, a dónde va el conejo de la luna roja; ya casi no se ve? — Ella está admirando el conejo que hay en la luna.

—Él se irá a algún lado. Tal vez con los dioses del maíz o con el dios jaguar.

—¿Papá, es cierto que hace muchos años vivían otros pueblos en esta ciudad?

—Sí, eso fue hace mucho, mucho tiempo.

—¿Antes de que naciera la Abu?

—Antes de que nacieran todas las abus. Eran aztecas. Tenían sus dioses: del maíz, del sol, de la luna.

Los minutos siguen pasando. Es una noche fría.

—¿Cómo fue que cambiaron las cosas?

—Hace mucho tiempo llegaron unos hombres en un barco. Los presagios de los hechiceros decían que llegarían en una casa. Había una mujer que se llamaba Malintzin, era una princesa nahua que terminó aliándose con los tlaxcaltecas. Hablaba también maya porque la había regalado como dote a una tribu maya. Llegaron los españoles y rescataron a varios soldados, entre ellos Jerónimo de Aguilar, que había aprendido el maya. Luego encuentran Malitzin, y entre los dos le ayuda al soldado Cortés a traducir lo que los pueblos aledaños querían.

—¿Y esas estrellas que se ven abajo…?

—Se llaman constelación de Orión.

—Ya sé.

—Mira cómo el sol comienza a morder el borde de la luna.

—Cuéntame más de los aztecas…

—Eran un pueblo migrante. Dicen que muy primitivo, pero eso no se puede saber; sabían matemáticas, astrología… y creo que tal atraso no existe.

Ella sonríe al enterarse de esto.

—¿Y Malitzin, tiene algo que ver con la Llorona?

—Ella era la Llorona 

—¡Ay mis hijos; ay mis hijos! —dice en forma de broma y sonríe.

Yo me hago el asustado. La luna se ha cubierto de rojo. No puedo contarle que Malitzin tuvo al menos un hijo con Cortés, aunque este ya se había casado con otra mujer española… Cuando Cortés de nuevo la regaló, quizá por ello Malitzin ahogó a sus demás hijos en un río. Por eso ahora vaga como ese ser fantasmagórico por los más remotos rincones, gritando desconsoladamente para quizá nunca encontrarlos.

Beso sus manitas y veo su delicada piel. Nuestro mestizaje es profundo, fuerte, espiritual. La Serpiente Emplumada desciende desde la Luna Roja, como lo hacía sobre los caballeros águila hace cientos de años.


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