Hay muchos motivos para pensar todo el tiempo en ti. Desde que despierto me veo inundado por tu mirada, tu espalda, tus piececillos, y me cuestiono cómo hice para tener tanta belleza a mi lado, ¿o cómo logramos que nuestros sentimientos se enredaran entre sí (o entre nosotros), cómo?
Desde que amanece me conformo con el plácido sentimiento de desayunar a tu lado, y más que los hotcakes o el buen café, me gusta esa tu calma conversación sin sentido, solo por el gusto de escucharte…
Leo una novela y voy pensando igualmente en los breves detalles que desde siempre me enamoraron de ti.
Ahora sé que podría pensarte de otro modo o que podría inventar toda una historia para dejar en claro en qué momento la vida me hizo coincidir contigo, pero todo eso no nos servirá de nada.
Ahora lo que realmente cuenta es intuirte; asomarme a los pasos que das por la noche cuando despiertas, a los temores que sientes cuando no estamos juntos, a tu gusto por las flores, a tu placer de mirar largamente una obra de arte, y a la necesidad de escucharnos y soñarnos.
Finalmente siempre he de concluir, que ante la belleza de tu dorso desnudo, la razón no me sirve de nada.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.