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Maia – Eduardo Ramírez Moyano-

Soñé que andaba montado en una tortuga gigante, desnudo de la cintura para arriba; en posición de yoga, mientras un sol aplastante me abrasaba en mitad del desierto. Intenté moverme, pero me encontraba encadenado con eslabones de flores, y no podía desasirme, incluso usando todas mis fuerzas. Entonces unos cangrejillos se colaron por entre los diez dedos de mis pies, haciéndome las mayores de las cosquillas. Reí, reí como loco, hasta llorar y tirar de mis cadenas de adelfas irrompibles… Luego me quedé callado durante un tiempo indefinible; cayó el sol y sobrevino la noche… El firmamento se llenó de estrellas púrpuras y cristalizó una idea en mi mente: «Seguir, darle el mandato a la tortuga de continuar…»

Si esto es un sueño –pensé– entenderá mi idioma, y me erguí, y en postura seria, grité al galápago: «¡Adelante, continúa, Tortuga!»

No hizo falta más de dos veces, Maia, como se llamaba –según nos contó después– tenía el oído muy fino. En un instante, se incorporó y nos contestó con una mezcla de elocuencia y lentitud: «Sí, ejem, ejem, yo soy Maya, la Gran Tortuga que protege al niño Cobaya, hasta que alcance el Nirvana… ejem, ejem…»

Y retomamos el camino…

Mientras seguía montado en la tortuga gigante, me di cuenta de que ella y yo estábamos destinados a algo grande juntos. Algo en mi interior me decía que este viaje no era solo un sueño, sino una experiencia mágica y de superación personal que me llevaría a lugares que nunca antes había imaginado.

A medida que avanzábamos por el desierto, comencé a sentir un cambio dentro de mí. La tensión en mis músculos y mi mente comenzó a desaparecer, y la sensación de estar encadenado comenzó a desvanecerse. Empecé a sentirme más ligero, más libre y más en paz.

En ese momento, la tortuga Maia habló de nuevo. «Cobaya», dijo ella con su voz suave y elocuente, «no te rindas nunca. A veces el camino puede ser difícil y oscuro, pero siempre hay una luz al final del túnel. Sigue adelante, sigue avanzando hacia tus metas y sueños, y nunca dejes de creer en ti mismo.»

Me sentí inspirado por las palabras de la tortuga y decidí que no importaba lo que sucediera, seguiría adelante con determinación y confianza. En ese momento, las estrellas púrpuras del cielo comenzaron a brillar aún más, llenando el desierto de una luz mágica y reconfortante.

Continuamos nuestro viaje juntos, la tortuga Maia y yo, avanzando hacia lo desconocido pero con una confianza y determinación renovadas. Con cada paso que dábamos, me sentía más fuerte, más seguro y más consciente de mi propio poder interior.

Finalmente, llegamos a un lugar mágico y hermoso, donde el cielo era de un azul profundo y las flores y los árboles crecían en abundancia. Me di cuenta de que había llegado a mi destino final y de que la tortuga Maia había sido mi guía y protectora en este viaje de superación personal.

Me despedí de la tortuga, agradecido por todo lo que me había enseñado, y me prometí a mí mismo que nunca olvidaría las lecciones aprendidas en este viaje. Continuaría avanzando hacia mis sueños y metas, con valor y confianza en mí mismo, sabiendo que la sabiduría y la paciencia siempre estarían a mi lado, como un reflejo de la tortuga Maia en mi propio ser.


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