Es tiempo de reacomodar
todo aquello que nos ha hecho dudar.
Cuando camino por la calle en los días grises
y encuentro tanta belleza en una sombra,
es más fácil caminar.
Atormentada
por tanto y al final no es nada,
solo las simples circunstancias que la vida te presenta
y nosotros le llamamos etapas.
Cuando las etapas atacan
y no puedes hacer nada más que evolucionar,
es un dolor del que nadie te habla,
del que nadie te explica por qué son tan necesarias,
solo vas sintiendo y apreciando,
deseando que no dure tanto o no dure para siempre.
No todo el tiempo apreciamos con amor nuestro presente,
nos enfrascamos en las etapas,
y con ellas hacemos una versión de lo que pasará el día siguiente.
Y es envolvente e incongruente
el deseo que llegamos a tener muchos de olvidar el presente.
Enfrascarnos en el pasado,
llorar como si no hubieran pasado ya 4 años o 9 meses.
Olvidamos que no tenemos la misma percepción
y sabiduría de esos años,
que evolucionamos
y con ello todo lo que alguna vez llamamos cercano.
Y, a pesar de eso nos damos cuenta que aquí estamos,
no como antes,
no como hace cuatro años,
pero aquí estamos, transformados.
Y sé que nada pesa más que todos los hubiera.
Sé que nada pesa más,
que aquello que te hace reflexionar sobre una situación
o una discusión cualquiera,
pero ya no eres eso, despierta.
Ya no podemos permitir
que nuestro pasado
defina quienes somos,
a diestra y siniestra.
Por más que nos intentemos aferrar a esa idea,
ten en cuenta
que hasta los más creyentes tuvieron que
cuestionar todo al principio de la Era,
para así llegar a lo que son ahora,
a como es la tierra.
Nuestro pasado no nos define,
solo nos brinda piezas
con las que podemos renovar nuestra nueva existencia.
Porque así funciona.
Soy un nuevo ente que explora todo lo que vivió,
y que añora todo lo que imaginó,
en un presente
que ahora no es más que
un simple
momento
es
tri
den
te


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.