La vida en una sonrisa (amarga) IX − Mario Guzmán

Cuando un ladrón roba una cartera no sucede mucho, puesto que en algún momento quizá ese delincuente tendrá que pagar ese crimen. Distinto es cuando hay un crimen de Estado y entonces la indignación puede ser muy profunda, como sucede en nuestro país con el caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Pero hay una situación que no deja de rondar en mi cabeza desde hace unos días. Está relacionada con una nota periodística que me ha hecho reflexionar, y refiere a cuando el hombre, por medio de sus actos, quiere hacer algo más allá de su humanidad y busca entonces vertientes insospechadas como la que les voy a relatar.


El día 29 de septiembre de este año leí esa noticia que tengo clavada en el alma. Ocurrió en Inglaterra. A alguien se le ocurrió cortar un árbol, lo cual pareciera ser una frivolidad, pero no se trataba de un árbol cualquiera; era el árbol de Robin Hood, sí el árbol relacionado con ese héroe de leyenda con el que todos nos relacionamos desde niños; y es por supuesto tal referencia lo que provoca extrema congoja . El histórico ejemplar fue infamemente derribado, al parecer, por un desquiciado adolescente. Todo un orgullo nacional, el frondoso y caprichoso Sycamore Gap Tree había crecido incrustado entre rocas casi ausentes de tierra a un costado de un paraje conocido como el Muro de Adriano, el cual por largo tiempo sirvió de división entre civilizados y bárbaros. Inglaterra constituyó la expansión más lejana del imperio romano y Adriano fue el emperador que culminó tal expansión, al tiempo que consolidaba la unificación del imperio, si bien es uno de los tres emperadores que no nacieron en Roma, sino en Hispalis (España).

En cuanto al acto de barbarie, ahora entiendo lo que significa que el hombre estúpidamente quiera parecerse a Dios, pues existen seres que llevan a cabo ciertos actos que no nada más buscan ofender a los humanos sino al universo todo… El mismo Adriano fue a visitar aquel muro. Él que fue creador de dioses y de iglesias, y hasta de monumentos o ciudadades dedicados a su efebo Antínoo, y el nunca gobernó solamente desde Roma; era un emperador viajero que recorría sus dominios en sus barcazas ricamente ataviadas en medio de fiestas y celebraciones. Hay una novela muy bellamente narrada por Margarite Yourcenar que nos cuenta la vida de este emperador, Memorias de Adriano, como también hay una novela de Margarite Duras inspirada en esa biografía de Yourcenar, El amante, ambas exquisitamente narradas.

Por otro lado, el árbol de Robin Hood, entre otras muchas cosas, representa (o representaba) además un símbolo de la justicia, un símbolo de la equidad entre hombres y mujeres, toda vez que Marión, una vez que logra vencer al héroe y asumirse como su compañera, se hace igualmente consciente de las necesidades de la comarca; además de que encarna el legado profundo, el amor a la tierra y a la alquimia. Luego, no resulta cualquier cosa el destruir ese árbol tan emblemático y tan hermoso. Pero curiosamente este tipo de cosas alguna vez impensablemente ocurren porque el engendro de Frankenstein, o el síndrome del mismo, el del doctor que busca la inmortalidad de nuevo macabramente se manifiestan.

Ojala que no ovidemos que con la destrucción de este árbol este demente ha pretendido aniquilar valores humanos que para muchos definen nuestra esencia como sociedades de algún modo y en lo esencial hermanadas en los más altos valores de la cultura, entre otros la justicia, la igualdad de género, el amor entre hermanos, el amor hombre y mujer, el amor a la tierra, a la alquimia, a la memoria de un pueblo…


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