La vida en una sonrisa VII – Mario Guzmán

Cuando la conocí, ella estaba preparando una instalación en una galería improvisada del tren subterráneo de nuestra ciudad. Ese día, yo llevaba un libro entre las manos. Mientras ella colocaba meticulosamente algunos objetos, me preguntó de qué se trataba mi lectura y le comenté que era de lo mismo que ella estaba haciendo: de un instalador. Así comenzó nuestra amistosa relación. Luego de verla trabajar con todo ahínco durante dos o tres días, caí en cuenta de que la instalación era plenamente de ella; era la artista. Con ello mi interés aumentó, y nuestra incipiente relación se hizo más sólida. Luego de ello, nos hablábamos ya por teléfono y compartíamos momentos como ir a alguna presentación de libros o a alguna exposición de pintura, casi siempre de «jóvenes promesas», lo cual era su pasión, además de ir (indefectiblemente) a algún restaurante vegetariano. Fue por ello que nos hicimos clientes del Monte Kailas, a unos pasos del campus universitario. Con el paso del tiempo, y aunque ella era muy bella, la comunión de intereses se dificultaba, cuanto más porque ella era un tanto excéntrica; por ejemplo, me enteré de que diseñaba y fabricaba su propia ropa. No me quedó claro si estaba involucrada con algún movimiento anticonsumista, pero a mí, que solo me gustaba deambular por la ciudad, fumar bajo los árboles, tener libros cerca y escribir alguna nota, no me importaban mayormente ese tipo de frivolidades. Casi sin que lo advirtiéramos, ella pasó a ocupar un alto cargo en el gobierno, si bien me di cuenta de ello solo hasta que insistí en conocer su estudio. Me interesaba entender qué tan profundo era su conocimiento y su talento, pero siempre, por alguna razón u otra, habíamos aplazado ese momento. Yo no imaginaba siquiera que fuera una artista tan desarrollada, y que por aquellos momentos enfrentara una misión complicadísima: le habían encargado hacer un broce del papa Juan Pablo II. Cuando llegó el día de la develación, y tal vez porque en ese momento se encontraba bajo muchas presiones y nerviosismo, de pronto me tomó de las manos, me miró fijamente a los ojos y me preguntó: «¿Mario, qué quieres de mí?». La pregunta me sorprendió, y lo primero que pensé fue decirle que era muy bella y que me gustaba, que se veía fascinante… Pero como creía ya «conocerla un tanto» no me pareció buena idea decírselo justo ahí. En el publico había mucho glamur, gente muy adinerada, señoras que vestían con trajes de diseñador, algo no cuajaba. En vez de responderle, le pregunté que si tenía algún conocido en alguna editorial, pero se lo dije, supongo, como si yo fuera ya candidato a obtener un próximo premio literario. Por tanto, un tanto molesta, también, supongo, me respondió que no; que no conocía a alguien así y que tampoco era editora. Entonces yo le repliqué que, entonces, «no podía hacer nada por mí», y que no quería nada de ella, que lo mejor que podía hacer era concentrarse para que esa «su noche» fuera muy exitosa, pero que si necesitaba algo yo permanecería por ahí muy cerca. En el transcurso de la velada ya no pude acercarme. Estaba rodeada de reporteros y de gente que no conocía. Apenas pude despedirme y formalizar vernos al fin de semana siguiente. Para ello me dijo: «no pases a mi estudió, mejor ve a mi casa», y me estiró entonces una tarjeta con un domicilio puntual, un tanto alejado de los lugares que frecuentabamos. Cuando al fin llegué a su casa, ella estaba ya comiendo, pero lo que me sorprendió enormemente y casi me conmocionó fue ver en su mesa una gran fuente de chicharrón de cerdo en salsa verde. Ella me saludó con familiaridad, como si nada extraordinario pasara, pero yo, en cambio, sentí cómo mi estómago se iba poniendo durísimo; tal vez hasta me puse amarillo o empalidecí… Recordaba los muchos momentos en que, ante todo por complacerla, tuve que sacrificar mi enorme gusto por la comida mexicana; las horas discutiendo las opciones del menú en el restaurante Kailas o sobre si los panecillos más dietéticos eran los de trigo o los de avena. No obstante, traté de disimular; esperé educadamente a que terminara de comer sus opíparos tacos y me inventé algún pretexto para disfrazar mi malestar. Hasta que decidí salir a tomar aire fresco y ya no volver…

Ahora que soy un hombre experimentado entiendo que uno siempre debe ser auténtico y que la amistad verdadera vale más que un diamante. Por cierto, así fue cómo dejé de creerme acreedor al próximo Premio Rómulo Gallegos.


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2 respuestas a “La vida en una sonrisa VII – Mario Guzmán”

  1. Avatar de Mario Villaseñor
    Mario Villaseñor

    Interesante la historia, me hubiera gustado otro final… pero igual eso la hace buena.
    Una novela de ahí.

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  2. Avatar de MARIO G.

    El libro que llevaba era: «La Muerte De Un Instalador», de Álvaro Enrigue.

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