Suena ya el primer silbatazo. Debemos elegir al director técnico y para ello se propone a un chaparrito, indígena, nacido en Tixtla, Guerrero (donde se cocina el mejor pozole del mundo, y se come el peor platillo del universo: el caldo tlalpeño, y recordemos, de paso, que Tixtla llegó a pertenecer al Estado de México). Así pues, no referimos a Ignacio (no Nacho Trelles) sino Altamirano, el autor de Clemencia, quien fuera de la cancha puede seguir fungiendo como, periodista, diputado o gran orador, entre otras cosas. Pero acá, las operaciones para hacer funcionar a la caballada, es decir, organizar a las letras mexicanas correrán a su cargo.
Nuestro pentapichichi, Juan Rulfo, en la media cancha tendrá el primer toque y la encomienda de pasar la bola a todos los demás jugadores nacidos en los 60 y generaciones aledañas. A él le tocó sepultar a la gran novela revolucionaria y superar a personalidades cómo Fernando Benítez y su Rey Viejo, o a Mauricio Magdaleno y su La tierra grande, lo mismo que a Francisco Rojas González y su Negra Angustias, o finalmente a Martín Luís Guzmán (tío mío…; no mentira, él es de los Guzmán de Guadalajara) y su Sombra del Caudillo. Hacia 1949, por cierto, Rulfo, hombre de acción y gran viajero, estuvo en el rescate alpino del accidente aéreo en el volcán Popocatépetl, donde murieron la estrella de cine Blanca Estela Pavón, el senador Gabriel Ramos Millán, el arqueólogo Salvador Toscano, el director de Agricultura del estado de Chiapas y el ingeniero Salvador Ochoa Méndez, entre otros. ¿Se imaginan a Juan Rulfo en short y ver sus carricitos? Seguro traería un short que le quedaría si no grande al menos holgado.
Y aunque pareciera que nadie más lo acompañará en la cancha, en consonancia con lo que el propio Rulfo había alguna vez declarado: “soy el narrador de la desolación” (aunque hay muchos otros), en la conducción del juego se verá reforzado por un súper prolífico, Fernando Benítez, quien ha coordinado toda una enciclopedia llamada Los indios de México. Hombre interesante, igualmente gran viajero e intelectual pleno (en el amplio sentido), si bien mujeriego también, pero elegantemente virtuoso, difícil mezcla de conseguir entre nosotros. Se le considera el padre de todas las publicaciones culturales de este país. Lo acompaña, en mancuerna, Carlos Montemayor, cantante de ópera, políglota, traductor, impulsor de la poesía indígena, y estudioso de los movimientos guerrilleros de esta tierra.
Otro líbero, aunque también contención, lo constituye Jorge Ibargüengoitia, quien, hombre con suerte, hace las veces del Porfirio Muñoz Ledo de la literatura. El ser ganador de la Beca Guggenheim, en dos ocasiones, le propició y más bien no le evitó que le hicieran la prueba de cáncer de próstata a la antigüita en la embajada yanki. Autor corrosivo y hasta cáustico, escribió, entre otros libros, el célebre, Los pasos de López, lo mismo que Las muertas. Esta última, la historia de las Poquianchis, unas regenteadoras de putas de su estado natal, basado todo en un caso judicial muy sonado en los años 70.
Animando el ataque por el lado izquierdo, por supuesto, aunque haciendo las veces del gran Estupiñán, tendremos José Revueltas, quien para ya no hacer más gordo el caldo, finalmente se autoproclamó como el autor intelectual del movimiento del 68. Filósofo, periodista, buen bebedor y fundador de El Machete, así como autor de El Apando y Los Muros de Agua. El panorama en su cuadrante era filosófico y extraordinariamente religioso. Publicó además varias novelas de muy difícil lectura como Dios en la tierra, entre muchas otras.
En el carril derecho, a su vez, contaremos con un huidizo teniente, Heriberto Frías, el autor de Tomochic, amigo de ladrones, con quienes extrajo los documentos en los que, ante la Suprema Corte, se le acusaba de deserción del Ejército Mexicano. Enemigo del mal gobierno, participó en una tozuda batalla contra los indios tarahumaras, quienes finalmente fueron esclavizados y llevados a las haciendas henequeneras del sur del país. Región, donde surgiría también un libro muy trágico y en verdad terrorífico México Bárbaro de John Kenneth Turner. Si es su deseo lean este libro, aunque, al respecto ya están advertidos.
De goleador, o como punta del ataque, cualquiera quisiera poner a Pelé, pero como el DT odia a los negros, propondremos, digamos que, como nuestro Maradona, definitivamente a Octavio Paz, el más occidentalizado de todos los escritores. Amante de la literatura europea y, según él, de la literatura india; hombre de Estado y embajador. Fundador de una revista más política que cultural, Vuelta, misma que marcó derroteros durante varias décadas. Algunos sufrimos todavía las consecuencias de esa cultura centralista y “modernizadora” que desde ahí se catapultó. Enemigo de muchos y amigo de pocos, es sin embargo autor de varios poemas entrañables como “Salamandra”, o el más conocido: “Piedra de Sol”.
Impensablemente, pese a todo (o a la anterior circunstancia), comandando a la defensa tenemos a Elena Garro, autora arrojada y además innovadora, quien escribió teatro, novela y cuento. (Es probable que el cuento “Las dos Helenas”, de Carlos Fuentes haga de algún modo referencia a ella). Montaba a caballo y, algún día, sin más se fue de su casa (justo con su después odiado Octavio), para jamás regresar. Amiga del mejor bailarín del mundo y de Rusia. Se recomienda una muy interesante novela suya: Y Matarazo no llamó.
Como estrella sorpresa, haciendo las veces del gran Jorge Ávalos, el de los saques de banda kilométricos y peligrosos, tenemos a Salvador Elizondo, hombre solo, que buscó a toda costa el reconocimiento, pero sin lograrlo; aún sus novelas siguen siendo incomprendidas (así se le atribuya una gran influencia de George Bataille). Hombre elegante y refinado, amante de la buena vida, Salvador escribía con pluma de oro y bebía champagne en un yate.
Finalmente, de portero habría que poner, no a un escritor sino al mismísimo Miguel Marín, “El Gato”, porque es y ha sido el mejor portero de México y le tocó la fortuna de estar en el mejor equipo del mundo: La máquina celeste.
PD: Este comentario se puede esbozar lo mismo frente a familiares, políticos o lideres de vendedores ambulantes, que frente a cineastas o cantantes o demás gremios interesados. Ante los demás, se aparentará así ser al menos una persona inteligente y que sabe de lo que habla.
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[[Este artículo fue escrito en el 2017. ¡Feliz año nuevo, 2026!]]


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