El Adhan convoca a la oración no confundiendo su voz,
ni que su misticismo se humedezca en los callejones de la penuria.
El sol ilumina tu ingeniería.
Sortea el suplicio con la supuración del hedor.
Exhala el miedo para que no ahogue la sonrisa.
Los desterrados que rechinan los dientes.
Echan a andar el corazón con más preguntas que sorpresas.
Al Gold Souk de Deira adhieren su vacío, cuidan de él como fantasmas.
En expiación, miran en el arroyo el otro mundo árabe,
que el antiguo barrio aroma con especias.
Tú posees el poder de nunca acallar tu voz,
de nunca enredar tu sangre.
Bait Al Shia’r en el barrio de Al Shindagha
cobijó mi desolada palabra
que se incendia,
se hace carne,
hueso,
flujo,
casta.
Y en otra lengua es también sangre.
No me pierdo en la distancia.
Elevo una plegaria como coartada a otro mundo
para cuando el ojo se entierre en el alma,
se haga polvo que circule a la inmortalidad que nos reta.
Me dirigí a tu capital.
En el asombro, Abu Dhabi ató toda respuesta.
La envolvió dentro de mis puntos cardinales,
dentro del dolor que hizo agua mi conciencia
y la transformó en tormenta.
Regresé al concierto que habito.
Tengo que contarle
cómo ahonda su canto hasta en mi sombra.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.