El día que nos volvamos a encontrar,
los girasoles estarán pintados en el lienzo de una mañana.
La ciudad será más vasta, pero finita; terminal para mis pasos;
pero de entre su tibieza esperaré las ventanas abiertas al sol.
Las nubes viajarán ligeras y yo me entretendré reescribiendo este sueño.
El lápiz del amanecer me dice que es un día abrigador, cálido,
que la voz recorre lentamente el costillar de las montañas.
Voy a besar tus labios para cantar en tu eco infinito
el sello de una promesa que acompaña
una hoja de limonero con su flor blanca.
Esa flor es como tu nariz o tal vez la punta de tus pechos.
Si pudieras venir a abrazarme, si tan solo pudieras llegar
y hablar con mi mirada.
Mañana el día ya no será cálido, y si no lo es,
de todas maneras, otra vez te buscaré…
Te invocaré en el azul del cielo,
en el verdor de las copas de los árboles,
en las palomas blancas,
en un caracol que camina en una hoja azul,
en un pino alto y peligroso.
Ven, ven, pronto.
Llega a esta ladera profunda, abisal, que son mis sueños.
No los dejes que se enmohezcan como una máquina lejana y pobre
que es la piel del que se vuelve una canción.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.