Clientes de la poesía − Joel Gustavo Rodríguez Toral

–Para Eduardo Milán–

Perpetuadores del rayo detienen el tráfico.
El poema aparece en la sonriente boca,
se deletrean las enzimas de las letras,
durante la lectura, incluso con los rasgos de los dientes.

Firmamentos de identidades, muelas del juicio,
asisten a los inquilinos de la cueva.
Se unen a los abastecedores de los signos humanos
desde sus primeras voces galopantes, torpes y genuinas.

Las palabras son molares en las águilas leídas,
en las vistas cansadas y en el aguamiel del chupasangre
y del colibrí ignoto que vuela sobre los salarios;
en los lomos de los libros y en las ojeras de los parroquianos.

Hay sueños con sagradas vacas que aran entre las letras
y escudriñan al vademécum, entre la víscera y el seso.
El alfabeto se ciñe en la encendida rosa en que el escribano
es un bardo que señala los cardos de las ortigas.

Los clientes sostienen el delirio de los astros
anegando todo lo real en su belleza.
¡Chicharra que para el tráfico
con el vocablo en el pecho!


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