El juego que no entiendo: tiene 32 piezas en un cuadro coloreado (blanco y negro), con 16 peones, 4 torres, 4 caballos, 4 alfiles, 2 reinas y 2 reyes que, entre sí, van a eliminarse. El ganador despliega agilidad mental; también el vencido. Por siglos ha existido y hasta un problema desató al querer llenar, cuadro a cuadro, con granos de trigo, multiplicados al cuadrado… Es una leyenda de Medio Oriente que quedó para la posteridad; algo tan simple en planteamiento, redundó en una impensable solución en aquel tiempo.
Es deleite ver el juego, en total silencio, sin preguntar, como si en ello se explicaran algunos aspectos de la vida: como el peón que alcanzó cruzar el tablero y obtuvo meritorio ascenso, o también porque la reina defiende al rey, y no al revés.
Tal vez el autor de este escrito lo juegue un día, y gane. Por ahora solo deja aquí palabras que no sabe explicar, como la mayoría de sus versos escritos.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.