En una madrugada silenciosa, cuando la neblina aún abrazaba las calles antiguas, me encontré frente a un espejo que jamás había visto. La madera del marco, gastada por los años, llevaba tallados símbolos que parecían murmurar historias olvidadas. La superficie, en calma, reflejaba mi rostro… pero no era solo mi rostro.
En ese mundo de sueños, mi reflejo no mostraba una mujer común, sino una criatura de intensos ojos amarillos y escamas que brillaban con un tono iridiscente, como si portara los secretos de la tierra y del cielo. Mi piel, una mezcla de rocas antiguas y luz fugaz, revelaba un poder ancestral. En esa forma, me observaba, y en aquella mirada sentía la transmisión de un mensaje antiguo y profundo.
El espejo no era solo un reflejo; era un portal. Sentí que en esa imagen residía una llave —una que abría caminos a una dimensión desconocida. ¿Quién era en realidad esa criatura? ¿Era un símbolo de mi alma oculta, un guardián que custodiaba secretos ancestrales? La imagen despertó en mí una inquietud profunda: ¿podría esa parte desconocida de mí tener un papel en la historia de mi pueblo, en la historia del mundo entero?
Cada noche, esa visión reaparecía y en cada encuentro la criatura me mostraba frases mediante símbolos que parecían tallados en piedra antigua: «El secreto no yace en el reflejo, sino en el umbral». La confusión crecía, así como la necesidad de entender qué significaba esa presencia.
Al despertar, el miedo me invadía con fuerza. ¿Acaso era solo un sueño, o una revelación que mi alma ansiaba comprender? La duda y la esperanza se entrelazaban y, en ese caos, comencé a buscar respuestas. Me sumergí en antiguos relatos, en mitos y leyendas que hablaban de seres guardianes, de portales y de símbolos que conectan nuestro mundo con otros planos de existencia.
Mediante esas exploraciones descubrí que la figura de la criatura, un símbolo en sí misma, representaba mucho más que un ente en sueños. Era un espejo de mi propia fuerza interior, de mi capacidad de adaptación y transformación. Porque, en realidad, todos llevamos dentro de nosotros esa parte ancestral que pide ser reconocida y aceptada.
Comprendí que en esa imagen —esa escama que brilla en la penumbra— reside una chispa que conecta con los secretos de la tierra, con las raíces de nuestro espíritu latinoamericano: la sabiduría olvidada, los conocimientos que las épocas pasadas custodiaron en secreto, y que ahora nos llaman a despertar.
Mi viaje fue un proceso de aceptación: la criatura no era solo un símbolo, sino un recordatorio de que toda transformación empieza en la profundidad, en el reconocimiento de nuestras dualidades. La sombra y la luz, el pasado y el presente, la ciencia y la magia. Desde ese entendimiento, miré con ojos nuevos mi reflejo, sabiendo que esa criatura que me acompañaba en sueños también habitaba en mi alma.
La historia finalizó en un amplio silencio, roto sólo por el susurro del espejo:
«No eres solo lo que ves. Eres también lo que guardan las raíces, los símbolos, los portales. La verdadera naturaleza no es un reflejo. Es un umbral.»
En ese momento, la superficie empezó a vibrar con una energía invisible. Se deformó y se convirtió en un mapa de constelaciones, símbolos antiguos y líneas entrelazadas que parecían danzar en el aire. Una vez más, el espejo dejó entrever un camino por recorrer. Pero desde su reflejo emergió una figura, una silueta ancestral que extendía su mano hacia mí con una expresión que parecía atravesar el tiempo.
Sus ojos, profundos y llenos de siglos, me transmitieron otro mensaje silencioso:
«El portal que buscas no está solo en la superficie. Tú misma eres una llave, una guardiana de secretos que solo pueden ser revelados por los valientes que se atrevan a cruzar el umbral».
La opción era clara: seguir creyendo que mi reflejo era solo una ilusión, o aceptar que la verdad y el poder estaban en mi interior, en esa parte oculta y ancestral que siempre he llevado dentro.
La distancia entre lo visible y lo invisible se volvió delgada, como un velo que podía levantarse con solo un acto de voluntad.
En ese instante, en esa dimensión suspendida, supe que no había perdido nada; solo había empezado un viaje real hacia mi esencia. La historia larga y secreta de mi gente, de los símbolos que los ancestros dejaron en piedra, en cerámica y en relatos escurridizos en el viento, estaba esperando que yo asumiera mi papel en ese círculo infinito de memoria y poder.
Y así, con el corazón firme y el alma despierta, comprendí que el verdadero portal no es más que un espejo de nuestra propia humanidad, una oportunidad de recordar quiénes somos realmente.
Porque en esa superficie que nunca termina, en esa profundidad que siempre nos llama, yace la clave de la transformación eterna. Solo hay que ser valiente, y atreverse a cruzar.


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