Oía tu voz en el zoco,
los anfitriones anudaban su oración
en el tramo del día
y en la noche eras la luz
dentro de las lámparas.
En Casablanca el mar parloteaba y creí escucharlo
en mis latidos
en Gueliz.
Los monos y serpientes
abrazaban su sombra
antes de convertirse en girones.
Y la esmeralda de Majorelle
era un espejismo habitado por bereberes.
Aún leo tu nombre.
Sudo por el que dejó de reír,
por el que ha perdido los motivos.
Lloro por mí.
Abro mi desierto de par en par
con mi casa en las pupilas
y en las alas de mis ojos te encuentro.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.