Mía sentía que la vida se desmoronaba a su alrededor. La rutina asfixiante y las expectativas de los demás pesaban como una abrumadora carga sobre sus hombros. En un intento desesperado por encontrar paz, decidió escapar al campo familiar en el que había pasado veranos inolvidables: un lugar que una vez conoció como un refugio y ahora se sentía como un eco distante de su infancia.
Al llegar, el aire fresco y los paisajes familiares la envolvieron en una sensación de nostalgia, pero la calma que buscaba rápidamente se tornó en inquietud. La cabaña de madera, que antes le brindaba consuelo, ahora parecía mirarla con ojos crueles. Por la noche, mientras la luna iluminaba las sombras, algo extraño comenzó a perturbar su intuitiva conexión con el lugar. Un viento helado susurraba por las grietas de las paredes, como si advirtieran sobre lo que estaba por venir.
La primera noche, fue despertada por un susurro que viajaba en el aire, un murmullo ininteligible que parecía emanar de las paredes. Se sentó en la cama, con su corazón palpitando como un tambor frenético y trató de racionalizar: «Es solo el viento», pensó. Pero la sensación de que algo no estaba bien se agravó cuando comprendió que el susurro pronunciaba su nombre: «Mía…, Mía…».
En el sueño, estaba atrapada en un laberinto de árboles que se retorcían. A medida que corría, las sombras se alargaban y parecían seguirla con una voluntad propia, susurrando secretos en un idioma antiguo que resonaba en su mente como una melodía siniestra. Se despertó sudando, con los ecos de su sueño atrapados en su cabeza, y un miedo palpable anidando en su pecho.
Al día siguiente, decidida a sacudir la inquietud que había comenzado a consumirla, salió a explorar el bosque. Cada paso que daba la sumía más en un ambiente de pesadilla. Los senderos que conocía de su infancia estaban cubiertos de una maleza densa, como si la naturaleza intentara ocultar algo. Las flores marchitas parecían mirarla con desprecio, y cada vez que se giraba, sentía que había algo −o alguien− observándola.
La mañana se transformó en tarde, y de pronto se dio cuenta de que había perdido el rumbo. Una punzada de pánico la atravesó cuando comprendió que el bosque no era el familiar paisaje que recordaba; todo había cambiado. La atmósfera era opresiva, como si cada hoja y cada sombra conspirarán en su contra. El cielo se oscureció repentinamente, arrojando un manto de sombras sobre la tierra. Casi a su pesar, comenzó a escuchar una risa distante que hacía eco entre los árboles.
Se sintió atrapada en un laberinto donde la lógica y la realidad se retorcían. Cuanto más corría, más se distorsionaban las ramas, cambiando de forma, y el suelo parecía vibrar bajo sus pies. En su desesperación, llegó a un claro donde todo se detuvo. El aire se volvía espeso, la ansiedad palpable. Frente a ella, una figura encapuchada la observaba. En sus ojos vacíos resplandecía una luz antinatural.
—¿Qué quieres de mí? —gritó Mía, y su voz resonó en la penumbra del claro.
La figura sonrió. Era una sonrisa retorcida, como si disfrutara del terror que imponía.
—Has despertado algo que estaba dormido desde hace mucho tiempo, y ahora tendrás que pagar el precio. Este bosque guardará tu alma si no se restablece el equilibrio.
Fue en ese instante, rodeada por la oscuridad, que Mía sintió un profundo conflicto interno. No era solo el miedo lo que la consumía, sino la culpa por haber vuelto a un lugar donde la felicidad se había convertido en un eco distante en su vida. Recordó todos los momentos que había pasado allí, los abrazos, las risas, pero también las lágrimas y el dolor que había ocultado, tirando de su alma como un peso.
Despertó de nuevo, esta vez en el borde del bosque. Su mente seguía aturdida, pero se daba cuenta de que la figura serguía susurrando. La realidad se volvía borrosa y los límites entre el sueño y la vigilia comenzaban a desdibujarse. Los árboles parecían moverse y los susurros se renovaban, ampliando su angustia y alimentando sus inseguridades.
Deseando esclarecer el misterio, regresó a la cabaña y descubrió su cuaderno de dibujo abierto. A través de sus garabatos, comprendió que había algo en el bosque que necesitaba ser descubierto. Las páginas parecían llenarse de imágenes de su infancia, pero no eran solo recuerdos. Eran advertencias.
Al caer la noche, decidió que debía enfrentarse a sus miedos y al bosque en su totalidad. Las sombras se acercaban y, con cada paso, la atmósfera se volvía más densa. Mía sintió como si se desvaneciera. La figura esperaba nuevamente en el claro, pero esta vez remitía a una forma más conocida. La imagen resumía toda su infancia si bien seguía distorsionada. Era todo lo que había amado y perdido.
—Tienes una elección, Mía —susurró la figura, con una voz entremezclada de ternura y amenaza—. Puedes olvidar y seguir adelante, o puedes enfrentar el secreto que has ocultado en lo más profundo de tu corazón.
Mía se sentía dividida. La sombra de su pasado la perseguía, y el bosque prometía solo horror. Sabía que debía liberar esos espíritus, pero al mismo tiempo, temía lo que podrían revelarle . Con cada respiración, luchaba contra sus más profundos deseos y temores. ¿Sería capaz de enfrentarse a la verdad que había evitado durante tanto tiempo?
Con un grito que resonó en la noche, aceptó el desafío.
—Si esto es lo que debo hacer, que así sea. No puedo dejar que los ecos de mi pasado me controlen.
Mientras desprendía esas palabras en el antiguo idioma que resonaba en su memoria, el bosque le respondió, las sombras comenzaron a girar y a transformar el paisaje alrededor. Los árboles susurraron, la bruma se levantó y otras figuras de su pasado comenzaron a aparecer, manifestándose como ecos de su vida. Aquella danza de sombras desafiaba todas las leyes de la lógica y la razón.
Mía comprendió entonces que el verdadero misterio no era el bosque, sino su propio corazón roto. Enfrentar cada dolor, cada pérdida, la llevó al fin a despertar. El eco de su angustia se tornó en una sinfonía de liberación. La figura que la había atrapado, ahora despojada de su autoridad, se desvaneció en la noche.
Cuando finalmente regresó a la cabaña, el amanecer iluminaba el horizonte. Sonrió, sintiendo que no solo se había liberado a sí misma sino a todos los espíritus del bosque. El eco de su voz resonó en su interior, recordando que, aunque la realidad podía ser inquietante, el poder de enfrentar sus miedos le había devuelto la libertad.
Desde ese día, comprendió que el bosque no solo representaba el miedo y el misterio, sino que también era un símbolo de la transformación y la esperanza. Y así, aunque el eco del bosque aún susurraba su nombre, ahora lo hacía con un canto de promesa; un recordatorio de que la verdadera fuerza reside en abrazar la oscuridad y convertirla en luz.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.