Un día partí de los bosques que vienen golpeando los días soleados, que incendian sombras, que arrullan pájaros en sus nidos.
Vengo de la profundidad de la tierra donde el hombre carga su suerte y amarra el arado a la tierra.
Encuentro un islote verde en la ciudad y mi corazón desnuda mis pies. Cubro mis hombros bajo estas otras sombras.
Nada queda de aquella tierra fértil. Solo los brazos del sencillo ser que araba la tierra. Salvo la inmensidad del páramo que acompañaba el viento con el afán de preñar la tierra.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.