Barahúnda − Joel Gustavo Rodríguez Toral

Para Juan Galván Paulín

¿De quién son estos zapatos

que besan a su paso

el enlosado?

Cuántos miramientos andando calles

y cuántas introspecciones…

Cuántos saludos,

cuántos adioses en el tránsito vario

de una ciudad enmarañada

y vestida entre la pudiente y humilde

y laboriosa muchedumbre.

¿Quién le da noción a la barahúnda?

En cruce de caminos

al aíre y el polvo envalentonan

y topan a los que llevan mensajes:

a los carteristas de dedos agiles,

ladrones de quincenas y de una que otra carta de amor

o el poema perdido en la última página

del poemario olvidado de Neruda.

Ciudad de tantos destinos,

edificios con oficinas secretas,

de detectives y descubridores de vampiros.

Ciudad de plazas con locales de lencería,

pizzas, cines y cafés.

Ciudad de calles entripadas en carrocerías

y en escapes de gruñidores sonidos.

Gritaderos de Tarzán emulando hormigonadas selvas,

paupérrimos cazafortunas, vendedores de zapatos a pie.

Tránsito parasital que estresa

a los santos de parroquias y tabernas.

Avenidas con cableados abiertos y pensamientos lascivos,

ventanales anunciando el nulo misterio de las asomadas muchachas

hacia el interminable aburrimiento de los días

en las unidades habitacionales:

departamentos pequeños para familias grandes.

Ciudad de baldosamientos y trampas,

rentas y adeudos y carestía.

Hoy somos cautivos de tu vientre de caos

y aspiramos a tu condominio al roce del cielo,

con la buena fortuna de las letras o de esas dotes

del dinero caído a nuestros manos

cedido por la buena estrella ante la turba.


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