Para Juan Galván Paulín
¿De quién son estos zapatos
que besan a su paso
el enlosado?
Cuántos miramientos andando calles
y cuántas introspecciones…
Cuántos saludos,
cuántos adioses en el tránsito vario
de una ciudad enmarañada
y vestida entre la pudiente y humilde
y laboriosa muchedumbre.
¿Quién le da noción a la barahúnda?
En cruce de caminos
al aíre y el polvo envalentonan
y topan a los que llevan mensajes:
a los carteristas de dedos agiles,
ladrones de quincenas y de una que otra carta de amor
o el poema perdido en la última página
del poemario olvidado de Neruda.
Ciudad de tantos destinos,
edificios con oficinas secretas,
de detectives y descubridores de vampiros.
Ciudad de plazas con locales de lencería,
pizzas, cines y cafés.
Ciudad de calles entripadas en carrocerías
y en escapes de gruñidores sonidos.
Gritaderos de Tarzán emulando hormigonadas selvas,
paupérrimos cazafortunas, vendedores de zapatos a pie.
Tránsito parasital que estresa
a los santos de parroquias y tabernas.
Avenidas con cableados abiertos y pensamientos lascivos,
ventanales anunciando el nulo misterio de las asomadas muchachas
hacia el interminable aburrimiento de los días
en las unidades habitacionales:
departamentos pequeños para familias grandes.
Ciudad de baldosamientos y trampas,
rentas y adeudos y carestía.
Hoy somos cautivos de tu vientre de caos
y aspiramos a tu condominio al roce del cielo,
con la buena fortuna de las letras o de esas dotes
del dinero caído a nuestros manos
cedido por la buena estrella ante la turba.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.