El río corre… – Mario Guzmán

No sé cómo inició la cosa, pero aquel verano me gustaba ir a curiosear al río. El pronóstico del tiempo anunciaba lluvias y huracanes, si bien aún todavía sequía  en toda la comarca. En la presa el Ocotal era tal la falta de agua, que uno podía caminar en la ribera y tierra adentro. En un muro de su límite, lugareños habían hecho una breve marca horizontal y una improvisada inscripción: «El agua hasta este nivel provoca rechinar de huesos».

Hasta ese momento, no podía darme cuenta de la trampa en que me había metido. Tal entorno daba cuenta de lo difícil que había sido sobrevivir en ese villorrio desde tiempo inmemoriales. El cielo comenzaba a ser gris y se podía sentir el olor a humedad en el ambiente. No obstante, sin entender aún la malas señales, decidí dirigirme a pescar en el poco menos que exiguo lago que quedaba aún al centro de la presa, ello apenas acompañado de un delgado hilo, un improvisado arpón y unas pequeñas lombrices  que, para el caso, había recogido en las orillas.

Poco más tarde, realmente estaba pasando una tarde deliciosa, pero comencé a notar un pesado silencio. Las montañas se iban apagando en la lejanía. El verde de los pinares comenzaba a tornarse invisible. Los pajarillos volaban a ocultarse presurosos. Entre tanto, un pez había picado en mi arpón; no obstante, era tan pequeño que en vez de dar aletazos, casi pedía ser arrullado. Con todo, lo tomé pensando en la posibilidad de convertirlo al menos en parte de mi cena. Una vez que me decidí a estirarme y a moverme al fin de ahí,  los males en mi cuerpo comenzaron a  entremezclarse con el  ensordecedor atardecer. A un dolor de estómago le siguió el crujir de una rodilla y finalmente comenzaron a dolerme los huesos. El oscurecer se insinuaba ya y, surgida de quién sabe dónde, una ligera brisa se hacía cada vez más y más presente, se percibía y casi sonaba como una canción de odio o desamor. Antes de que todo ello se agudizara,  me apresuré ahora sí a intentar guarecerme, pero mucho antes de lograr mi objetivo, el agua ya había subido de nivel. Chapoleando entre lodos y vapores cada vez más difíciles de transitar, pensé que la creciente marea subiría apenas unos centímetros más, pero el caudal seguía aumentando proporcional y abrumadoramente. Corría y luego nadaba, y solo para darme más y más ánimos, repetía: “serán apenas unos centímetros más…”

Ahora me encuentro tallando otra leyenda, unos metros por encima de la anterior: «El agua a este nivel hará que todo tú seas un rechinar de dientes».


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