La vida en una sonrisa XVIII− Mario Guzmán

Cierto día, mientras desayunaba en el Sanborns, escuché una conversación muy peculiar. Unos trabajadores de una central de emergencias platicaban que habían recibido un llamado acerca de un posible robo a una tienda muy popular situada en las periferias. Lo que entendí es que la tienda daba a una avenida principal en una esquina donde se encontraba un busto de don Miguel Hidalgo y Costilla. El ciudadano relataba por el teléfono que el presunto ladrón vestía como si fuera un soldado antiguo, traía una espada y exigía que se le entregaran todos los reales que había en el lugar. Se solicitaba, por tanto, la presencia de la policía. Lo inusual del acontecimiento los hizo dudar sobre si enviar o no la ayuda. Finalmente, las patrullas arribaron al sitio descrito y descubrieron que la estatua de don Miguel se encontraba ahora encima del ladrón, aplastándolo.

Ese, por tanto, fue otro día en que nuestro Padre de la Patria se vistió de gloria al evitar un robo.


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