La corona del rey − Alejandro Cháirez

Él se sentía el amo del mundo. Caminando por senderos, iba adjudicándose trofeos. Él quería ser reconocido como el único rey.
 
Él les decía a todos: «Soy el rey del mundo. En serio, mira, he aquí un papel en el que se me adjudica como tal». Pero mucha gente no sabía leer, solo miraban garabatos y algunas líneas de tinta decoradas por un logo.
 
Entre más rey él se sentía, la gente lo tomaba como loco. Se reían de las cosas que decía, lo ignoraban cuando pedía tributo o le negaban la oportunidad de explicar lo que sería mejor para el pueblo.
 
Nadie le creía, a pesar de vivir en el castillo. Él podía tener la mejor ropa, las mejores joyas, el mejor trono, pero le faltaba algo: una autoridad que el mundo pudiese distinguir…
 
Llegó el momento donde estaba cansado. ¿De qué le servía tener todo y sentirse sin nada? Llegó a uno de los bares donde la gente del pueblo iba. Se sentía incómodo, pidió vino, pero solo había cerveza artesanal; pidió langosta, pero solo le ofrecieron fruta seca y algunas semillas.
 
Bebiendo, empezó a conversar con la gente, y la gente conversaba con el loco del pueblo que se hacía llamar Rey; solo se burlaban de él.
 
Él, después de mucho hablar y querer ser escuchado, aprendió a escuchar cuando al fin hizo la pregunta que debió hacer hacía mucho.

—¿Qué necesita el pueblo para identificar a su rey?
A lo que un borrachito contestó:
—Un verdadero rey es humilde, entiende al pueblo, no presume lo que es obvio. Y, pues yo jamás he visto un rey sin corona y sin su reina…
 
El rey se quedó pensando. Un anciano ebrio le estaba dando una clase de vida en una sola frase. Se cuestionaba el por qué, si tenía todo, una simple corona era indispensable para que lo vieran como Rey. Si tenía todo: castillo, joyas, comida, ropa, sirvientes… Y ¿una mujer…?, puf un rey podría tener todas las que quisiera.
 
Llegó a su castillo algo ebrio y le dijo a su ayudante:

—Necesito una corona, pero tiene que ser la más hermosa. La más brillante, la más excepcional que el mundo haya visto.
 
Fabricantes llegaron con las mejores jamás creadas, de oro blanco, amarillo,  rosa, con piedras preciosas, multicolores que decoraban tal obra de arte, pero el rey, no quedaba convencido. Cansado de estar viendo cómo los mejores herreros y joyeros se esforzaban por complacerlo, decidió salir a caminar. Iba despacio, disfrutando de respirar un poco de tranquilidad, cuando, de pronto, vio a la dama más hermosa que habían visto sus ojos… Por supuesto quiso abordarla, pero no quería llegar diciendo: “hola soy el rey”, porque no quería que lo viera con interés. Y también recordó: “la vanidad y la hermosura exterior no definen el interior”, algo que aprendió de ese anciano ebrio.
 
Al fin se acercó a ella, y le dijo:

—Disculpe bella dama, ¿sería tan amable de regalarme un poco de agua?

Ella lo vio y, ante tanta amabilidad, dijo:

—¡Claro!, tome toda la que guste.
 
Así siguieron platicando, y tan bella fue la conexión entre ambos, que él le invitó a salir. Salían entonces a disfrutar del pueblo y sus paisajes, hasta que un día ella le preguntó:

—¿Y usted, caballero, a qué se dedica?

Él no quería asustarla o intimidarla, así que respondió:

—Yo me dedico a ayudar a la gente, de una u otra forma… — Y acto seguido, le preguntó: —¿Te gustaría trabajar conmigo?

Ella lo vio con ojos de amor al ver que le importaban los demás, y respondió:

—Sería un placer ayudarte a ayudar…
 
Luego de un tiempo, se volvieron novios y, cuando llego el momento, él le dijo:
—Tengo una pregunta que hacerte.

—Claro, dime…—le respodió.
 
La tomó de la mano izquierda, de esa que tiene la conexión directa al corazón, y le dijo:

—Hace tiempo, me regalaste un vaso con agua, te vi sonreír, y en ese momento supe que había encontrado algo que jamás busqué. Me diste vida…— Entonces se hincó y agregó: —Jamás imaginé que encontraría lo más bello, lo más hermoso de un ser en una mirada y sonrisa tan bella. ¿Te gustaría ser mi corona?

Ella sorprendida rectificó:

—¿… Tu corona?
—Si… mi corona. Te explicaré. Hace tiempo me dijeron que todo rey necesita una corona y una reina… Y tanto busqué una corona, que pensé que era lo más importante, hasta que te conocí y  me di cuenta de que no necesitaba de lujos y demás, Me bastó ver tu sonrisa y todo ese amor que tienes para sentirme el rey del mundo, y todo lo tengo si estás conmigo. Por ello, quiero saber si tú deseas ser mi corona, para llevarte a todos lados conmigo y presumirte para que todos vean, que nada brilla más que tu sonrisa y no haya nada más valioso que estar a tu lado.
 
A partir de entonces se sintió completo y no le importó la joya que colocaron en su sien. El pueblo le aplaudió y se hincaron haciendo reverencias. Lo curioso además es que a un verdadero rey solo lo verás hincado para solicitar a su reina… Pero un verdadero rey, por supuesto necesita su corona.


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