Es temporada de lluvias, y luego de una fuerte discusión matrimonial, te ves en la necesidad de «ir por cigarros». Son momentos en que quedas en el desamparo, sin un techo digno, si bien salva un tanto el automóvil, piensas, mientras respiras hondo y juras no regresar más a casa. En busca de una salida un tanto más digna, o por lo menos tener una noche menos incómoda, repasas tu directorio para explorar a quién acudir. Te decides al fin por tu amigo B., quien tiene como principal objeción el ser amante obsesivo de los gatos. Aún así le llamas por teléfono y él accede a tenderte la mano. Acuerdas una hora de llegada, pero la lluvia torrencial te impide desplazarte. Luego de enterarte que hay inundaciones en gran parte de la ciudad, tienes que esperar a que algo amaine. Solo cuando da la una de la mañana puedes ponerte en marcha para acercarte. Al llegar a la casa de B. son casi las 3:30 AM y notas ya todo apagado; mensajeas, además, sin respuesta; no tienes la seguridad de que aún te esté esperando. Pernoctas, por tanto, en el vehículo. Ya hacia las 5 AM, con los resortes clavados en las costillas y las piernas ostensiblemente engarrotadas, consideras prudente enviar un nuevo mensaje a B., diciéndole que estás ahí. Finalmente te abre somnoliento y te pide que te recuestes en el sillón donde duermen dos de sus mininos; no sin antes suplicarte que por favor no vayas a molestarlos, porque si se desvelan mucho… luego andan con un humor de perros.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.