Como sucinto proemio del día, los haces del sol han agotado todos los surtidores de pétalos de rosas y rocío, irisaciones impensables que arrullan a Mandolino, mientras en el bosque, camaleón refulgente y dorado, va el río.
El incienso hoy son aros concéntricos de leche mansa junto al helecho. La magia es Mandolino jugando con los hados: liban satinadas mariposas lilas de sus labios, que esmaltan de cielo claro en forma de trío.
El velero de la vida proyecta una verdadera égloga sobre las bucólicas fuentes de la impresora que, desde la cristalera, el sol dora, para que nazcan todas a una sobre alfombra de jazmín, mil palomas. Es un velero que busca faro entre neblina y gaviotas, que sabe de la canción de los delfines, las notas y sus destellos que, al salto, son trovas. ¡Ay, velero de la vida que ves desgracias y alegrías, y surcas sereno hasta tu postrero moridero! ¡Ay, faro que a todos guías, deja tus huellas, aunque sea en alborozo de feria y deleite de viveros de sicómoros y de ninfeas…! Ya en la noche, al margen de la luna el salmo vil, colorea el jardín de carruseles magníficos poblado de unicornios alados con sus azules crines y cuernos níveos y morados.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.