Para Kyra Galván
Tambor lúgubre, no dejes de sonar.
La arena entraña la troyana sangre
del soberano caído,
tambor de sonoro lamento.
¡Héctor ya no está aquí,
brioso y aguerrido heredero!
Andrómaca, sin ninguna joya,
con su hijo en brazos
y plañideras a sus pies,
sigue el fúnebre paso
en la despedida de su amado.
Las arrogantes flechas de los argivos
laceran aún su pecho con ardiente dolor.
Las lágrimas de Andrómaca son de arena,
son negrura en los últimos días de Ilión.
Príncipe malogrado a donde Troya
se posó altivo ante los embates airosos
del invasor temible a la tierra micénica.
Tambor lastimoso, marca el paso de la tristeza;
vuélvete hondonada del túmulo,
el mocador ya no da serenamiento.
Andrómaca, viuda amorosa, maldice a Aquiles
y a sus serviles aqueos hambrientos de glorias.
Andrómaca busca, entre la impostergable tristeza,
el consuelo del horizonte ajeno,
la sonrisa de Héctor, una vez más.
La pérdida es inmensa.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.