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La vida en una sonrisa XV– Mario Guzmán

Siete de la mañana. Entro a una sucursal de la más famosa tienda de conveniencia. Acudo por mi cotidiana dosis de cafeína. No encuentro, por cierto, a la dependienta siempre amable que me acompaña y casi auxilia a comenzar el día. En su lugar se encuentra un joven flaco y anodino. Eso sí con la característica camisola roja. Voy a esta tienda, en particular, porque normalmente encuentro el café recién hecho, aromático y todavía  caliente. Si voy a cualquier otra tienda por el estilo, lo que encuentro es un líquido soso, olvidado y frío. Paso, pues, a prepararme la bebida y tengo que esperar largos minutos para que  me hagan el cobro. La fila ya es muy larga.  Tomo aire para ejercitar mi paciencia. Me fortalece la promesa de al fin degustar mi acostumbrado brebaje de mediana calidad. Al llegar mi turno le informo al joven que es un café americano, que me cobre… Veo, además, que ya no hay nadie atrás de mí. Dada la afortunada contingencia, hago la consabida seña al joven cajero y me regreso para recoger una servilleta pues había olvidado ese detalle. Al regresar, intuyo que, por más que ya quedó claro, el joven sigue sin operar el cobro… Al ver mi gesto un tanto impaciente, me pregunta  de nuevo que si es americano. “Sí, americano”, le contesto. Empieza, entonces a a teclear en su máquina…  Y justo antes de dar el Enter, vuelve a cuestionarme… “Entonces, ¿sí es americano? Vuelvo a asentir: “Sí americano”. Teclea algo más, pero vuelve a consultar: “¿Americano, verdad?” Contesto ya impaciente: “Sí, americano, simple… ¿o como le llaman ustedes? Es de esa jarra que tienen ahí…” Me contengo, un tanto, resoplo y razono que a lo mejor el empleado tiene razón en dudar porque es nuevo o quizá porque en su anterior trabajo le llamaban a esa bebida de otra manera, porque hay empresas que le cambian el nombre a los cosas; como a la papas “a la francesa”, a las que ahora les dicen “papas a la libertad”.  Finalmente me cobra. No obstante, al intentar recibir mi cambio (ya con prisa, y al casi girar al mismo tiempo para retirarme), el vaso de café se enreda de algún modo y cae salpica, mancha, desastrándolo todo, al suelo. He ocasionado una verdadera catástrofe. El joven, un tanto aturdido también (o más aún), entre muecas y señas de “ya ni modo”, me dice, luego de un largo silencio, que no me preocupe; que él “le limpia”. Enfadado y fatigado conmigo mismo (ante todo), pero igualmente resignado, nuevamente me sacudo (una y otra vez), voy hasta el recipiente (único y funcional), lleno mi vaso, retomo los complementos (servilleta incluida), y llevo todo al estante para que se me cobre… Al llegar, ya está al frente otra dependienta, pero eso sí, con su  característica camisa roja. El anterior joven continúa trapeando (sin mayor pena ni gloria) el piso. La chica dice: “Sí, permítame; yo le cobro”.  En ese momento siento el descanso, casi alivio, que acompaña a quien percibe estar llegando a su meta o saliendo finalmente de una mala situación. Siento que he logrado cruzar un pesado umbral o descifrar, al fin, el laberinto que me acerque a mi ansiado primer café de la mañana. La chica que atiende me saca de mi ensoñación al preguntar: “¿Es americano, verdad?”


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Una respuesta a “La vida en una sonrisa XV– Mario Guzmán”

  1. Avatar de Mario Villaseñor
    Mario Villaseñor

    Una vanalidad vuelta anécdota para robar y contar en el tiempo.

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