Eres quien embellece la casa, nunca dejaré de nombrarte: la bella imagen de una guitarra, la voz que ilumina la paz de mi corazón, el puente que alcanza las nubes, el ave que baja veloz y que siente curiosidad por el porvenir…
Vives en mí, como yo en ti: un espacio tan pequeño para derrochar la gracia de tu pensamiento. Tus manos fabrican esos momentos en que la felicidad se inclina y nos ofrece otro manjar de culturas antiguas.
Un soplo de mi alma a la tuya es suficiente para sonreírle al día, como un dios que fabrica personas o un hombre que construye un juguete. Entre este soplo y yo, busco tus huellas tras el fuego que cruzaste y encuentro tu belleza navegando entre las oraciones hacia una cruz.
Nunca dejaré de invocarte. Eres tú, la casa que habito, el jardín donde descanso, el edén soñado. Te invento y te idealizo cual una casa o –mejor dicho– un templo para el que ensayo la decoración. Vives en mi pensamiento. Tú también me inventas y me amas en cada abrazo, en cada mirada, en cada beso que nos damos.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.