Una vez más, como es constante que suceda, el viento acaricia y tranquiliza mi existencia; casi como humo gira en espiral, ondea la ropa que visto y siento que existo, aunque me encuentre solo.
Sentir este viento es un gran placer, solo comparable con tu compañía. Me hizo sentir flotante, aun con los pies en el piso, y me erizó la piel a cada caricia. Sus «besos» me recordaron la brisa de aquella tarde cuando estuvimos juntos, bajo este mismo gran árbol que hoy día me llena de recuerdos, pues ya no estás conmigo.
Noto la falta que me haces. El aroma de tu perfume se quedó aquí, junto con las frases que con gracia decías. Podría jurar que tus risas quedaron grabadas en este Valle. Paso además diariamente por tu calle, ignorando el llanto. Hay tanto que recordar.
Ha pasado algún tiempo, hice un desesperado intento por venir a verte, pero no soporté la soledad que intentaba arrastrarme junto a ti, aquí donde estás dormida. Sí, me engaño creyendo eso. Lo repito cada día para hallar consuelo aparente. Siento mucho dolor desde entonces, pero debo entenderlo: no fue culpa de nadie.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.